Coleta.

Si trazáramos una línea imaginaria que fuese desde su cabeza hasta sus pies, podríamos distinguir dos zonas claramente diferenciadas: en una zona encontramos nueve mil hormonas acróbatas con sabor a piruleta, en la otra una sonrisa que mezclada con ron huele a pólvora. En medio me encuentro yo, en la línea fronteriza, en el cruce de caminos. Me registran en la aduana cada vez que voy de un sitio a otro. A veces contemplo atónito desde mi trinchera lo maravilloso de tanta contradicción. Otras veces tengo que salir sin camiseta al campo de batalla a cazar insectos brillantes en medio de una tormenta de arena. Hay ocasiones en las que salgo y miro al norte y veo una mirada, una fábrica de tizas, y luego miro hacia el sur y veo un gesto raro, un almacén de armas. Dos países distintos que no quieren conquistarse entre sí aunque pretenden ser invadidos y repeler cualquier tipo de ataque. Sí, todo al mismo tiempo. Es como ese ratito en el que es de noche y de día a la vez, en el que puedes ver el sol y la luna cada uno en una punta del cielo. Creo que se llama amanecer y anochecer, y siempre que lo observo me quedo callado, como cuando ella sujeta una goma del pelo con su boca mientras se hace una coleta.

Agujerea.

También puedes hacer algo que en un principio puede parecer estúpido. Sal con una cucharilla de casa y dedica cinco minutos, o diez, o veinte o los que puedas a horadar un pequeño agujero en la pared de algún bonito palacio. Si eres constante, dejarás que los días pasen, verás crecer las flores en primavera, reirás, y un buen día te darás cuenta de que has hecho un hueco lo suficientemente grande como para que quepa tu cuerpo entero. Pronto cabrán dos cuerpos abrazados. Después abrirás nuevas galerías, decorarás con gusto el nuevo salón y pondrás una cama grande en el dormitorio. Puede ser que termines de construir tu nueva morada. En ese caso dedícate a tirar tabiques, constrúyela de nuevo. Sí, con tu cucharilla. Una vez vi que un tipo lo hacía en una película para salir de la cárcel. En tu caso lo quieres hacer para entrar en ella, una prisión de la que nunca querrás escapar.

Envuelto en llamas.

Antes tenía la manía de apartar la silla nada más iniciar el gesto de sentarme. Varias veces di con mi cabeza en el suelo, y al levantarme y mirarla a la cara con los brazos extendidos en gesto de súplica ella apartaba la mirada y emitía una escueta carcajada tapándose la boca con dos dedos de la mano. A mí nunca me importó demasiado, seguía con mis planes de sentarme en aquella silla tantas veces como su obsesión permaneciera. Hasta que un día vino con un regalo envuelto en llamas, veinte pedazos de amor de uso individual. Parecían veinte trocitos de un pastel que dura poco en la nevera porque enseguida alguien lo devora, veinte promesas de que al menos veinte veces más seguiría pensando en mí como el único cangrejo interesante de la playa. Un pequeño regalo dijo, y yo más bien lo veo como un gran regalo, algo que va más allá, porque nunca antes me demostró de esa manera que sí, que estaba dispuesta a subir conmigo en ascensor a la novena planta para comenzar comentando el tiempo y terminar desequilibrando el contrapeso, dispuesta a encerrarse conmigo en el cuarto donde se encuentra el contador de la luz. Y la luz subirá tanto que habrá que ponerle un nombre a una cifra que tiene tantos nueves en la parte que sigue a la unidad más significativa.

Desayunar...

Mientras estaba desayunando, alguien en la mesa le preguntó:
-¿Y esa cara de nostalgia?
-Nada, está todo perfecto. Huele a pan tostado, tengo un bol magnífico y un paquete entero de galletas.
-¿Entonces?
-Que me falta la leche.
-¿Y no te apetece mejor un poco de zumo?
-No, no, leche, de verdad. Es para mojar mis galletas.
-Leche con galletas, qué buen desayuno.
-Ni te lo imaginas, me lo tomaría a todas horas, hasta para cenar.
-Pues espera entonces, tardo cinco minutos.
-De acuerdo, pero solamente cinco minutos más.

...Huevo Caliente.

Discúlpenme, no les llamé de usted, les traté de tú. El defecto lo podríamos achacar a un exceso de curiosidad infantil, probablemente provocada por nuevos rincones a explorar en una casa de campo grande. Con sus gallinas y su gallo cercado, su taller de cerámica y el alto número de mejores amigos del hombre. Y un gato. Pero el felino no se sorprendía más que yo olfateando nuevas esquinas, no disfrutaba más que yo escondiéndose en una nueva habitación. El caballero recita en verso terso y firme, cicatrizado, mientras las cenizas del cigarro que apura caen distraídamente en un mantel de flores. Al menos lo imagino así, capturando palabras cruzadas, como si se tratara de un pasatiempo. Jugamos a ser amos y señores de la sobremesa, plácidamente recostados en nuestras sillas de mimbre, dejando que el tiempo por un momento nos dejara la casa para nosotros. ¿La escopeta? Si acaso para defender su hogar, para nada más. La señorita parecía de acuerdo, y con ganas me quedé de pedir que me llevara a la estantería, de que me hablara de algún libro nuevo, de que me leyera en alto alguna línea especial, y se me olvidó porque era difícil apartar la mirada del plato caliente, no vaya a ser que mi querido amigo decida robarme alguna cucharada. Podría pasar por periodista y volver con mi grabadora, con un sombrero de fieltro y hacer una entrevista sobre aquel viaje a Londres. ¿Saben? A veces uno se cansa de ver a tanta gente joven que parece mayor. Tampoco se pierde mucho tiempo en mirar un ratito las migas de pan que caen al suelo y dejarse sorprender. A veces me pierdo entre tanto detalle. Siempre me gustaron los matices, y yo capté uno, había un poco de Rock & Roll en todo aquello. Y más tarde me di cuenta de mi gran fallo, para qué tanta pregunta, si la historia que yo quería saber vivía encerrada en un sorbo de vino de una botella, elegida al azar entre otras ochocientas.

Y a la hora de irnos me quedé un poco rezagado, y mientras el resto charlaba fuera yo fui a la cocina para buscar una botella vacía. La llené de toda aquella risa, la taponé con un corcho y la escondí en un lugar secreto, y solamente me vio el gato.

Mil Líneas.

Ausencia fina sin su presencia que amarga una existencia de una sonrisa que se deforma por los efectos de una mano que agarra un saco vacío lleno de sol del estío, pero es sol invernal, sol infernal, que quema la espalda y ciega mi mano que atrapa en el aire el hueco de otra mano, y mis dedos se enfadan y me aprietan el cuello fuerte sabiendo que agarrarte es imposible y es arte, no puedo matarte porque pretendo meterme de un bote largo y espacial en tu escote y tu virtud inmoral, de no gritarle al viento el ardor del calentamiento, y se derriten los polos y sube el nivel del mar y un pingüino se instala en tu nevera fría diciendo hola qué tal, besando a la pared recordando ambientes gélidos y realidades bajo cero, Celsius y otros nombres extranjeros que saludan a turistas lejos de mi copa de ron, de mis hielos que alimentan mi ego diciendo que soy el mejor, él lo dice, la etiqueta caballero léala, y lejos vuelan aves que hablan raro, que piensan en océanos distintos y carroña fresca, de ratón, de mi cara de ratón cuando me hablas por los auriculares ciegos, que no saben lo que pasa cuando kilómetros arrasan con la respiración a cercanos centímetros de mí, realidades con nombre y apellidos, meses distinguidos, piropos de obreros con dialectos inexplicables, diccionarios de idiomas y guías mientras mis pies descalzos descansan y se quedan aterrados, pidiendo ¿por qué no hay más? ¿por qué no hay más? Por qué no y callaros, estoy buscando el milagro que me acerque a su abrigo, a estar bajo su techo y a jugar a los señores tontos en su lecho, así que estad al acecho bomberos, que son cinco minutos y hablaremos de fuego en cuellos de piel suave y de tenue luz en penumbras a descubrir como satélites de planetas de otra galaxia, de otra asfixia, de otra bombilla incandescente, que alumbra pero que si la tocas con el índice quema pero que alumbra, que enciende ojos guapos y descubren a sapos, príncipes en otro cuento, y mil líneas que se escriben aquí en la ciudad de un único habitante que late, que diseña planes fríos con una calculadora que eleva cualquier número a potencia mundial, que juega en casino poniendo en juego las llaves del coche y su ser y dice todo al nueve pero la ruleta no se mueve, falta el crupier, una mujer, puede verla en sus fotos, empleada del mes, cuenta por victorias tus jugadas…me llaman al teléfono, ya bajo, voy a perderme como un billete de cinco en tu fajo.


¡Céntimos, céntimos!

Y solamente tenía unas cuantas monedas de céntimo ¿sabes?. Bueno, la que armé aquella tarde, rompí todas las huchas, busqué dentro del forro de los cojines, debajo de la cama y en cajas vacías de galletas de mantequilla ¿curioso, verdad, que fueran de mantequilla? Y bueno, reuní y reuní todo ese cobre que nadie quiere, esas monedas que ella odia tocar y pude juntar apenas un euro y medio. Tenía muy poco dinero, pero una ilusión enorme, como cuando hacía dieta severa y me dejaban comprar un bollito los domingos. Rellené un par de columnas de esas loterías que solamente juegan los dueños de los bares y los pensionistas. ¿Qué por qué lo hice? Porque el azar está de tu lado si confías en él, si de repente se convierte en tu mejor amigo. Esto lo he soñado. Soñé que escribía esto. Y bueno, al día siguiente, un jueves un tanto vacío, un jueves en el que te falta algo, me dieron la buena noticia. ¡Me tocaron doscientos euros! Te prometo que fue como si me hubieran tocado cincuenta millones, aunque eso sí, no iba a malgastar el dinero comprando champán, al menos no esta vez. Lo mejor de todo es que alguien me dijo que no me pusiera así, que era un premio menor. Ahí se me puso una sonrisa de oreja a ojera y oreja. «Usted no sabe nada, con este dinero pienso viajar rumbo a una estrella».

Los dientes largos y mis sueños son el delicioso régimen dictador de mi locura.

Stendhal.

Papel de las paredes flexible aunque suene increíble, elástico, que soporte los latidos y las inspiraciones, mis aullidos y tus rugidos. Noches largas, largas noches, dándonos besitos en el porche, la Antártida y sus efectos, el ron y mis defectos, deja que me arrastre ante el magnetismo terrestre. Celo caro, envidia barata, un doctor en bata y a él le digo drogado que mi síntoma es su aroma cuando asoma por mi nariz y ya nada es un desliz. El freno monótono sonó que no, el dibujo del folio se hizo un lío, letras diferidas te batean, unas animadoras corean, y tú camina o revienta a cámara lenta, a tumba abierta, a cara de perro como un pez para mañana pedir la vez de la vejez a tu tez sin saber qué decir si me interrogas: ¿qué ves?. Ya ves, tengo las llaves del observatorio, lluvias de estrellas vieron la luciérnaga y el ciempiés comentando el cosmos y su estrés, comentando el deshielo y el diptongo bello llamó idiota al hiato mientras se abría el cielo. Clientes de la calle, hurtan bancos, se roban almas y piensan con los ojos -picantes- como platos –mexicanos-, la más ciega borrachera, escupitajos en cajas y horizontes horizontales con cuatro esquinas que son camas ajenas del país de nunca jamás. ¿Es la tierra que se eleva o es mi avión el que despega?. No es para nada normal ser paranormal ni mi síndrome de Stendhal, tumbado en el jardín de la alegría intentando pensar en rara poesía, tía.

Comecocos.

Lloré por primera vez en primero. Se pusieron de moda los comecocos, un regalo de la papiroflexia de por aquél entonces. Tenía forma de rombo y las niñas metían los índices y pulgares por debajo. Tú decías un número, ellas abrían la enorme boca del comecocos tantas veces y después escogías un color que correspondía a una pestañita que se abría y adivinaba cosas de tí, como quién te gustaba o si eras feo o guapo, según el diseño escogido. Nunca me importó descubrir cosas crueles en aquel inocente juego, pero siempre quise tener uno, aunque nunca nadie me dijo cómo hacerlo. Hasta que la profesora decidió no trabajar la última hora de un viernes y hacer una master class de cómo fabricar un comecocos. Mi oportunidad, por fin tendría mi propio comecocos con el que decidir mi futuro. Tan nervioso estaba que no pude seguir el ritmo de la lección, me temblaron las manos al recortar el papel, desperdicié un par de folios, rompí un par de ceras, y en aquella clase me quedé el último con mi comecocos a medio hacer, y mientras el resto de la clase se lo pasaba en grande con sus nuevos comecocos. Ahora recuerdo que yo seguí intentándolo y que quedamos tres, dos niñas y yo que vieron mi cara de angustia. Y si, me puse a llorar a moco tendido porque me sentí completamente inútil. Recuerdo que Patricia me consolaba y me decía que no pasaba nada, que ella me dejaba el suyo, que podíamos jugar los dos con él, pero yo no pude hacer mi comecocos. Y lejos de olvidárseme aquello nunca lo he podido olvidar, de vez en cuando, dos o tres veces al año (hoy es la primera del 2010) lo recuerdo sin saber muy bien por qué. Y lo peor de todo es que todavía esa tontería me hace sentir mal, porque era un comecocos que no me salió, y yo quería un comecocos, y desde entonces ese comecocos se quedó dentro de mí, muy dentro de mí.

Champú en los Ojos.

El escritor sin inspiración también tiene días en los que no sabe cómo va a jugar con su musa. Esos días el escritor piensa en alguien a quién no conoce y piensa: «Qué tonto eres, qué estúpido, qué mal me caes, más que nada porque no entiendo cómo la pudiste dejar abrir la puerta para que se marchara». El escritor come bocatas de embutido barato y se suena los mocos con papel higiénico, solamente tiene sus ganas de ladrar, su ingenio, y un bote de champú bueno. Sólo hacía falta eso y un poco de paciencia, chico. El escritor ha descubierto, como por arte de magia, que cada vez que se lava el pelo, su musa le dice que está guapo. Qué tonto eres, repito.

Testigo.

Señor agente ¡Yo lo vi! Fue un niño con sonrisa de confiado el que enseñó al asesino en serie a utilizar el cuchillo para untar la mantequilla de los tigres, dejando así su manía de abrir cuerpos en canal.

Animales.

Buen lobo, profesional de la astucia, que no encuentra tu lazo, que encuentra una bandera pirata. Buen lobo, sabe dónde buscar la comida, coge la calavera y dos tibias cruzadas y las roe mirando de reojo a la luna, qué traviesa que eres luna, yo que te aúllo buscando emociones, adrenalina, buscando terciopelo y pinchos de cactus. Y tú me escupes en el ojo atrevida, me buscas, me chinchas, me hinchas, sonríes y tuerces el labio, me quieres llevar de crucero espacial y luego que si no he barrido el suelo, y te ríes y das dos vueltas completas sobre ti misma y gritas mal y bien, y rompes un cojín para ver la espuma de relleno, y a carcajadas jaja, y dices sí, no, tú ya lo sabes, no sé, tú no lo sabes, no contesto, tú ya me entiendes, tú no me entiendes, no estoy en casa llámame luego, me dices más, menos, norte, sur, todo y nada, ya sabes lo que yo quiero decir, tú no entiendes nada. Y más tarde en un taxi el conductor dice disculpe señorita, llevan un rato subidos en mi taxi y entre tanto "doble esa esquina" y "siga a ese coche" y "pare un momento aquí" y "me puede llevar al centro otra vez que me dejé algo" no me dijeron a qué calle van, a qué lugar, y el taxímetro corre y corre oiga, y el taxista mira el asiento de atrás y también dice oh discúlpeme otra vez, no sabía que usted fuera una luna ¿qué hace con un lobo a su lado?. Y el lobo, qué buen lobo debería repetir, mira por la ventanilla cómo hacen eses los borrachos, piensa que no le irrita que ella le intente hacer jirones el ego, que se terminará mordiendo las uñas. Y mira un momento el reflejo de sus colmillos amarillos, teñidos por la sangre, y sus ojeras cada vez mayores, y piensa que no, que monótono no es desde luego, que resulta divertido, que jugaría otra vez con su endemoniada luna, qué loca la luna, siempre cambiando de llena a cuarto menguante.

Castas y Galgos.

Los Cabrera son zurdos. Adoran el calor y no soportan el frío. Son sociables y simpáticos, agradables y cálidos y progresistas. Algún primo salió comunista. Compran libros de Machado en el mercadillo del pueblo. A veces resultan graciosos. Son irascibles y poco emprendedores, se agobian con facilidad. Se levantan de mal humor y con ganas de todo y nada. Les gusta vivir con poco, vivir del cultivo del plátano, fumar tabaco y las largas sobremesas entre risas y gritos. Les gusta bañarse en playas de arena negra y sentir las piedras molestas en las plantas de los pies. Son jóvenes. Siempre cantan dando palmas después de dormir la siesta y se acercan a su mujer por la espalda para decir algo bonito a su oído. Beben de más y son animales nocturnos. Son conformistas, solamente necesitan hacer el amor.

Los Suárez son diestros. Adoran el frío y se quejan del calor. Son reservados y poco dados a confiar en el resto, no soportan las concentraciones de personas. No les importa demasiado el derecho a reunión. Son conservadores de la vieja escuela, prefieren los pantanos con poca gente. Son tranquilos y confiados, les gusta pescar y oír música clásica. Leen mucho, a muchas horas, son cultos, doctorados en historia y en política, en arte y fotografía, ganadores de concursos de cultura general. Son nobles y serios, sanos, abstemios, fuertes, equilibrados, amantes de la repostería fina. Puedes contar con ellos, son expertos en buscar soluciones. Planifican y tienen todo bajo control, consiguen lo que quieren y no tienen problemas para llegar a fin de mes. No faltan en el trabajo y escalan posiciones. Son adultos. Adoran las escapadas al bosque los fines de semana, los picnics grabados con cámara de video. Los recuerdos. Las copas de champán caro. Tienen suerte, y entre ellos nunca se habla del fracaso.

Y yo, dependiendo del día del calendario, debo escoger que apellido me gusta más tener. Porque una mezcla es imposible, demasiada contrariedad. Y eso ya lo sabía la enfermera que dijo: "Disculpen señores, ¿están ustedes seguros de querer llamarlo así?

Una Mañana.

-Hola.

-¡Buenos días!

-¿Menuda lluvia eh?

-¿Cómo te llamas?

-…

-Encantado de todas formas.

-¿Llegarías a los pedales?

-¿Disculpa?

-¡Qué si alcanzarías el embrague!

-¿Me dejarías?

-Puedes fumarte el cigarro dentro, te vas a mojar con tanta lluvia.

-A lo mejor te parece precipitado, pero lo mío está siendo un flechazo.

-Yo puse los papeles a tu nombre. Busca en la guantera.

-¿Ves mi sonrisa? Te buscaba.

-¿Pero antes de irnos un trago no?

-Yo súper noventa y cinco.

-Yo también. Llévame al baile.

Mona.


Me tomé con Mona un café.
-Mona, te veo distinta, ¿te has cambiado el peinado?
-No, me compré unos zapatos nuevos.
-Son realmente bonitos. ¿Quieres mi azúcar?
-También me cepillé el corazón.
-Si, veo que tu nariz se mueve de forma diferente.
-¿Puedes remover mi café con la cucharilla?
-Te pasa algo. Cuéntamelo.
-Nada, que no puedo cambiar esta sonrisa.
-Estás harta de que la gente te mire.
-Y de que me hagan fotos, odio la fama.
-Tranquila, echaré un poco de coñac en tu café.
-Gracias. Muy amable.
-¿Me dejas darte un beso?
-Por favor.
-¿Y si hablo de dormir juntos?
-Sabes que no puedo.
-Se me olvidaba. Tienes que quedarte aquí.
-Sabes que me muero de ganas.
-Ya, pero me tengo que ir.
-Que bueno está este café.
-Eso es porque te lo he preparado yo.
-¿Y el beso que me prometiste?
-¿Otro? Ya besé la cuchara con la que removí tu café.

Si tú.

Se me da bien soñar y jugar con todo lo que cae entre mis manos. Hoy descubrí el lugar de si tú dices venga, yo digo vale. Solamente diré que está en Uruguay, que hay focas en invierno y que ahí vive una pequeña comunidad. Que es un parque natural en el que viven no muchas personas a doscientos cincuenta kilómetros de Montevideo. Que allí debe hacer calor en verano y que podrás calentar tus pies fríos en el Atlántico. A él, tan inmenso, si que le dejarás que te los toque. Yo también le dejaré. No tendré que aprender inglés. Busqué una foto real y bastaron cuatro pequeños retoques para distorsionarla. Para hacer que me guste. Para convertirla en una dimensión distinta. Disfruto haciendo eso con el día a día, me gusta transformar cada cosa para conseguir que me sorprenda. Que te sorprenda. Creí que hoy estaba vencido por la rutina, que hoy no lo conseguiría. Pero pronto pude ver mi obra, que tanto me gusta, esas nubes tan rectangulares, esos granos de arena tan pixelados, ese mar tan saturado, esos tonos tan naïf. Me gusta. Me gusta que en Cabo Polonio (nunca pude callarme las cosas) no haya ni agua corriente ni luz. Así que tendré que soñar bien, esta vez mejor que nunca, con esas velas que tendremos que encender para ver lo que me gusta de ti en la penumbra.