Onanismo.
Te echo de menos jonybelog. El martes o el miércoles que viene en vez de un sms te escribo una de estas cartas casi diarias que tanto nos gusta leer.
Amnesia.
Explícame, llevo toda la vida conduciendo y de repente se me olvida donde está el embrague freno acelerador. No recuerdo si las líneas se leían de derecha a izquierda o de izquierda a derecha. ¿Soy zurdo verdad?. No sé si el balón blanco es para jugar al fútbol y el naranja al baloncesto, o al revés. ¿Por qué no encuentro a Wally si me lo sé de memoria?. Creo que pulsando el play se rebobina, o espera, a lo mejor no era así. ¿Era ésta mi chaqueta?. Llevo toda la vida viéndote y no estoy seguro de cómo te llamabas. ¿Yo quería ser Edward Norton?. Me dicen que en la fotografía salgo yo de pequeño pero no me reconozco, no. No me puedo creer que yo dijera eso. Creía que era mi móvil y resulta que a esto lo llaman mechero. ¡Pero si las llaves estaban aquí!. ¿Así que andar marcha atrás no es lo normal?. Que si, que si, que estoy seguro de cómo se enciende el calentador. Marca azul agua caliente marca roja agua fría. He olvidado si me gustaba taparme hasta las cejas o me gusta dormir a pecho descubierto. Espera, espera...¿lo estoy olvidando todo?
¡Ah no! Recuerdo tu segundo apellido: ___________ (que me haces darme a mi mismo). Como siga así, me vas a tener que echar de clase y ponerme un NM. Solamente aprobé gimnasia después de no saltar lo suficiente.
¡Ah no! Recuerdo tu segundo apellido: ___________ (que me haces darme a mi mismo). Como siga así, me vas a tener que echar de clase y ponerme un NM. Solamente aprobé gimnasia después de no saltar lo suficiente.
Librería Dinámica.
Paso cinco o seis horas al día rodeado de dll's, proyectos isapi, configuraciones, proyectos web service, api's, aplicaciones, compilaciones en modo debug, archivos en c++ de treinta mil líneas de código, outlook, breakpoints, incidencias, drivers, entornos de desarollo, control de versiones, clientes nativos, nodos, números de iteración, archivos en c# de treinta mil líneas de código, extranet para usuarios, F dieces, prioridades, lenguaje javascript, gmail, índices, nuevos orígenes de datos odbc, dsn de sistema, rastreadores de tráfico local, html's, nombres de máquina, herramientas administrativas, alias para directorios virtuales, comandos iisreset, bases de datos de pruebas, consultores, consultas en sql, trucos de oracle, instancias de flujo de trabajo, registros, windows seven, fichas, búsquedas en google, bloqueos desplazamiento, puertos, páginas furtivas de tuenti, tablas con la descripción de campos de otra tabla, notificaciones, desarrolladores, generación de releases, check out's, commit's, archivos solución, show diff´s, carpetas app code, pings al servidor, y otras cosas.
Y lo único que me abruma durante todo ese tiempo es el sandwich de lomo embuchado con edam al treinta por ciento del Eroski que me como todas las mañanas y tus ochocientos setenta y dos metros de altitud.
Y lo único que me abruma durante todo ese tiempo es el sandwich de lomo embuchado con edam al treinta por ciento del Eroski que me como todas las mañanas y tus ochocientos setenta y dos metros de altitud.
Billetes.
Vaya, fin de mes. Es el momento en el que miras tu cuenta de ahorros y te pones a contar todos los billetes. Y a ello procedo, con una tirita pegada en cada dedo. Cuatro semanas con importantes ausencias y nadie en el banquillo que pudiese sustituirlas. Un planeta que rota y que nos oculta un poco del sol para regalarnos el vaho que sale de la boca. Mucha incertidumbre, demasiados no sé que va a pasar. Un poco desencantado, porque veía que el ritmo nocturno tenía que bajar. No, no pintaba nada bien. Pero al final se ha resumido como un noviembre dulce, la hoja del calendario que más ha sorprendido del año. Y para bien. Tengo cruces marcadas en dos grandes sorpresas, en una película de Julio Medem, en el día que empezé a cotizar, en nuevas pérdidas de móvil, en unos buenos safaris de madrugada, en unos castillos, en desayunar donde los taxistas, en el concurso de Agustín, en la sesión de las veinte veinte en Golem, en bailar a Britney Spears en la casa de Pau, en el día que me enamoré de un sitio que se llama Lolina, y en intentar lo del tema treinta entradas en treinta días. Era algo pactado. Si os ha gustado alguna (esta no, que es la peor que hago) es porque decidí entrar con un lanzallamas en las oficinas de blogger, y algo bueno tenía que salir. Pero muchas gracias a los que me habéis dicho ¡eh! me ha gustado lo que has escrito. Guay.
Pero en la bolsa del bocata con la que me veréis por la calle también me llevo unos cuantos negativos, así que no hay nada que celebrar, mientras siga siendo la selección de las Islas Feroe.
Pero en la bolsa del bocata con la que me veréis por la calle también me llevo unos cuantos negativos, así que no hay nada que celebrar, mientras siga siendo la selección de las Islas Feroe.
Plug In.
Y salgo a la calle de madrugada, y la penumbra me hace entornar los ojos. Con la mano a modo de visera, me dispongo a encontrar la dirección correcta. Hay un cincuenta por ciento de acierto, un cincuenta por ciento de fallo. Yo prefiero pensar que tengo X -¡por cierto!- de aciento. Acostumbro a equivocarme, a escoger el camino no alquitranado, el que en los cuentos está lleno de maleza y bestias sin nombre. Acostumbro a internarme en un bosque con arañas como puños, para luego darme cuenta de que, pequeño, lo estás haciendo mal. Acostumbro a girarme y sonreír por causas de fuerza mayor, a darme la vuelta. Acostumbro a volver al punto de partida para coger esta vez la bifurcación correcta, esa que en los cuentos está llena de casas de chocolate y ardillas que cantan canciones. Por eso presumo con mi ego de explorar el cien por cien de cada interrogante que me encuentro. Ahora soy un peregrino, recorriendo todos estos bulevares repletos de destellos amarillos. Pero a mí el alcalde no me engaña, una farola no es ninguna estrella. Vaya maratón me espera, sin público ni avituallamiento. Sin refugio de montaña para la lluvia ni cortavientos para el frío. Desde un balcón una señora se asoma y me llama ¡valiente!. Ok señora. Desencajo los pulmones de sus goznes para poder correr a pecho descubierto. Que me entre todo el CO2 que lamen los gatos bien dentro. Las moléculas de etanol que llevo en los bolsillos se largan en un taxi con mi dinero. Iros todos a tomar por culo, me da igual. Me diagnostico una decepción de caballo y me aplico una terapia que consiste en derrapar sobre la acera mojada. Un señor se asoma por una terraza y me grita ¡así avanzas más lento!. Ok señor, pero estoy derrapando y me gusta. El caucho de mis suelas rechina contra el cemento y despierta a cien pingüinos, que duermen apretados en una marquesina esperando el L2. Les pido disculpas, nos hacemos amigos y me dicen "te acompañamos...¿cómo dices que te llamas?". Doy mi nombre falso como siempre. Me dicen que tienen un grupo de funk y nos ponemos a menear la cabeza bajo el ritmo de las cuatro cuerdas del bajo. Y ya me sale esta risa que tanto me gusta, esa que me desencaja la mandíbula, ese pregón sencillo y contundente que hace temblar al monstruo de debajo de tu cama. ¿Por qué? Porque ya veo el final de mi paseo, porque ya oigo las voces, porque estoy a punto de enchufarme a tus doscientos veinte V. Justo cuando me quedaba sin pilas.
Pecado Capital.
Con toda la niebla de Londres en la cara, intento combatir el apagón de Nueva York en mi cabeza. Arde Paris, y siempre nos quedará, pienso, mientras alunizo mi propia razón. Pero es imposible derribar este Muro de Berlín porque hay una crisis de los misiles en La Habana. Me da miedo el ron de San Juan, con su bandera de Puerto Rico. Rico no, millonario de Abu Dabi. Añoro cenar con vino de Oporto. Durante un bocado al reloj astronómico de Praga, imagino la marcha de las flores de Lisboa y fumo en un coffeeshop de Amsterdam. Hablo con un estudiante de Brno que parece un gladiador de Roma. Y no soy ninguna estrella de Los Ángeles y estoy arruinado como en un casino de Las Vegas. Me lavo la cara con jabón de Marsella. Padezco el Síndrome de Estocolmo en mi cama, que rima y se asemeja al desierto de Atacama. Contrarresto el frío de Copenhage deleitándome con la Filarmónica de Viena, y con un chocolate suyo también. Te escribo 'llévame un día a un hotel de Bali, podemos hacer surf en las playas de Waikiki y ver la estrellas entre las piedras megalíticas de Stonehenge'. Si me dices que no, no voy al desfile militar de la Plaza Roja de Moscú. Un chico llora porque su novia está de Erasmus en Bruselas. Ella orgasmea con un camarero de Edimburgo. Seguro que doy en el clavo, como un sabio de Atenas. Y parafraseando a mi cantante preferido, 'voy a quedarme sentado en el Meridiano de Greenwich, dejando colgar las piernas'. Pensando, una vez más, y otra vez más, que la 'búsqueda es eterna' y que aquí, el sitio en el que vivo, no hay ninguna capital.
Soy El Principito, y vivo en el asteroide B 612.
Soy El Principito, y vivo en el asteroide B 612.
Pájaros.
(Que ya eran muchos meses montado en ese Ferrari y yo no quería oir cuando me decían pequeño que te la vas a pegar. Pero que me quiten lo bailado. Estoy acostumbrado a este tipo de cosas, a dar mil vueltas de campana mientras aprendo a deslizarme con una tabla sobre la nieve, a un ataque de nervios debajo del agua sólo con mi botella y a no acordarme de la pregunta del examen que supone un cinco. A que no me cojas en tu equipo y a que me des la espalda porque yo simplemente llevo otro ritmo y no lo puedo evitar. Porque siempre supero muy ajustado el corte. Y en el fondo estoy orgulloso, eso es lo peor de todo. No sé si existe ese pueblo de Dinamarca o no, pero si existe yo me voy, porque ese es mi sitio).
La camarera del Lolina me recomendó que té debía beberme anoche. Por tu voz, se que podrías decirme algo que no me haya dicho nadie antes.
La camarera del Lolina me recomendó que té debía beberme anoche. Por tu voz, se que podrías decirme algo que no me haya dicho nadie antes.
Fuego de Cobertura.
Para el anónimo que odia el amor. Esta es una historia de amor cargada de no amor. Esta es una historia irreal cargada de realidad. Esta es una historia de azar cargada de destino. Como tú, anónimo. Como yo, que tengo nombre, probablemente falso.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-¿Perdona?
-Me he debido equivocar de número, lo siento- Y colgó el teléfono.
Hace ya bastante tiempo que empezó a recorrer el mapa de su país sólo con su teléfono móvil. Hace ya bastante tiempo que sanea las cuentas de las operadoras de telefonía móvil. Hace ya bastante tiempo que se convirtió en una biblia de ofertas de fin de semana y módulos de ahorro, tarifas descuento y promociones estivales, portabilidades y nuevos aparatos de comunicación inalámbrica.
Más concretamente, desde que salió aquella noche de marzo con sus amigos. Aunque celebraban la despedida de la segunda semana y la reconciliación con el viernes, él ahora cree que salió para encontrarse con ella.
En las historias de un chico y una chica, todo es completa rutina. Todo está inventado. Siempre ocurren coincidencias inexplicables, siempre irrumpen señales atractivas, siempre se escriben giros inesperados de guión. Al principio, los enamorados piensan que la novela que tienen entre manos es única y especial. Luego asumen que es un cuento normal, aunque bonito. Más tarde se aburren con ella como si fuera la película de después de comer. Por último lloran con el final de la fábula que ellos mismos han escrito.
Sólo unos pocos saben criogenizarse a tiempo. Bien puede ser un matrimonio de Cáceres celebrando sus bodas de plata, bien puede ser Walt Disney.
Volviendo a nuestro protagonista, mientras os contaba esto ya la ha visto. Me refiero a la chica que sale de la tarta de aquél viernes y con la que se va a querer congelar vivo.
Trato de cambiar el sentido normal de las cosas. La gente me cuenta y me dice que sus relatos tienen un planteamiento lleno de sentido, un desarrollo sencillo y un final triste. Yo escribo esto y he escogido un planteamiento sin sentido, un desarrollo difícil, y un final feliz.
El chico que conoce a la chica se llama Kim porque yo estoy azuloscurocasinegro.
Planteamiento sin sentido. Nada más verla, Kim se enganchó a ella.
Desarrollo difícil. Kim se acerca a la chica (su nombre es irrelevante porque se lo va a hacer pasar muy mal a Kim) para hablar con ella. Ella pasa bastante de él. Probablemente tiene novio o lo acaba de dejar con él o es noche de chicas o se siente fea o la música no le gusta o todos los tíos son unos cerdos o ha suspendido un examen o vete tú a saber. Pero como yo decido lo que va a pasar, una cosa está clara, Kim le hace gracia. Aunque ella no se lo vaya a demostrar esta noche. O quizás sí. Kim le pide el número de teléfono. Ella no se lo da. Él no se rinde. Como un auténtico calzonazos paga una copa de vodka con naranja para ella. Ella lo acepta y le da una cifra de su número de teléfono. Para ser más concretos el primer dígito. Un seis. Kim piensa que se está riendo de él, pero la quiere y no se rinde. Pregunta:
-¿Qué puedo hacer para completar tu número?
Ella bebe un sorbito de su copa y mira a Kim con ojos traviesos. Comienza a olvidarse de sus amigas, borrachas. De hecho su mejor amiga se está enrollando con un mazado. Ella contesta:
-No sé, prueba a ver.
Kim es torpe. No es Hugh Grant. No es ingenioso. No es gracioso. No es feo, pero tampoco guapo. No juega al fútbol. Se cansa corriendo. No saca buenas notas. Tiene barba de tres días. Viste un poco mal, siempre lleva la misma ropa. Pero es extraordinariamente cercano, natural y sincero, piensa ella. Por lo menos esa ha sido su primera impresión. Kim la caga, y solamente se le ocurre comprar una rosa.
-Chico, yo por esto no te doy ningún número. Pero bueno, te diré que el cuarto dígito no es un cuatro.
Kim se olvidó de sus amigos, borrachos. De hecho su mejor amigo se está liando con una modelo. Él contesta:
-¿Y si te digo que, pase lo que pase, sé que voy a terminar contigo?
Ella bebe otro sorbito de su copa y mira a Kim con ojos de pena. Pero por ingenuo, por tonto, por suicida y por no original decide darle dos números más, el tercero y el octavo. Kim va al baño, se mira al espejo y decide no tirar la toalla. Al volver, la busca en la pista y sin contemplaciones suelta:
-Mi película preferida es (a gusto del lector). Mi grupo preferido es (a gusto del lector). Mi libro preferido es (a gusto del lector). Mi madre se llama (a gusto del lector) y sin duda, lo que más detesto en la vida es (a gusto del lector).
Ella bebe un sorbito de su copa y mira a Kim con ojos de sorpresa. Coincide en absolutamente todo lo que ha dicho el maldito niñato. Esta vez se lo ha ganado, le escribe a Kim en el brazo la sexta cifra de su teléfono. Con pintalabios. Por primera vez en toda la noche, consiguen relajarse un poco y entablan una conversación normal. Sin estupideces ni hundimientos de petroleros. Pasa una hora, dos horas, tres horas. El dj pone pajaritos y las luces del garito se encienden. La noche ha terminado. Kim, convencido de su victoria, pregunta:
-¿Me das tu número de una vez? No creo que sea para tanto.
Ella esta noche no va a dejar de ser una mala mujer. Está convencida. Además su mejor amiga está vomitando en algún lugar. Dice:
-Ni en broma. El desarrollo de esta historia es difícil, está en las cartas. Pero tengo un buen día, te voy a dar el quinto número. Y no te voy a dar más.-Y ella coge a su amiga del sofá, sale corriendo y coge un taxi a casa. Y Kim está destrozado.
Y Kim se despierta la mañana siguiente con pena y con ansiedad. Pero ese día tiene una resaca muy mala y no hace nada. Y Kim se duerme pronto y se levanta al día siguiente mejor y sí hace algo. Kim piensa:
“A ver. Tengo el primer número, el tercero, el quinto, el sexto y el octavo. Un número de móvil tiene nueve dígitos. No tengo ni el segundo, ni el séptimo, ni el noveno. Hay diez posibilidades para cada posición. Y sé que el cuarto no es un cuatro. Hay nueve posibilidades para esta posición. No parece que me falten tantos”.
Y Kim coge una hoja sucia y escribe la siguiente operación:
Diez x Diez x Diez x Nueve = Nueve Mil.
Y Kim piensa ahora:
“Si quiero volver a hablar con ella, tendré que llamar nueve mil veces a números desconocidos. Eso se antoja como algo infinito”.
Y Kim es torpe, no es Hugh Grant, no es ingenioso, no es gracioso, no es feo, pero tampoco guapo, no juega al fútbol, se cansa corriendo, no saca buenas notas, tiene barba de tres días, viste un poco mal y siempre lleva la misma ropa, pero no tiene miedo al nueve mil veces infinito. Y desde ese día comienza a llamar a todos los números posibles, siguiendo en estricto orden cada una de las combinaciones posibles.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-¿Perdona?
-Me he debido equivocar de número, lo siento-Y cuelga el teléfono.
Y pasan (a gusto del lector) días. Y Kim sufre las consecuencias del orden. Se desanima y por un momento piensa en dejar de buscarla. Y Kim pasa (a gusto del lector) días muy jodido.
Pero Kim un martes se levanta y tira cuatro veces un dado, y apunta en la misma hoja sucia de antes los cuatro resultados de sus tiradas. Decide darle una oportunidad al azar y asigna en orden el segundo, el cuarto, el séptimo y el noveno número, completando así la serie de nueve dígitos que pueden dar al traste con su vida o pueden convertirle en la persona con más suerte del universo. Y muy nervioso coge su teléfono y presiona las teclas.
Y por fin llega el final feliz, gracias por tu paciencia, si es que has llegado hasta aquí.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-Si.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-¿Perdona?
-Me he debido equivocar de número, lo siento- Y colgó el teléfono.
Hace ya bastante tiempo que empezó a recorrer el mapa de su país sólo con su teléfono móvil. Hace ya bastante tiempo que sanea las cuentas de las operadoras de telefonía móvil. Hace ya bastante tiempo que se convirtió en una biblia de ofertas de fin de semana y módulos de ahorro, tarifas descuento y promociones estivales, portabilidades y nuevos aparatos de comunicación inalámbrica.
Más concretamente, desde que salió aquella noche de marzo con sus amigos. Aunque celebraban la despedida de la segunda semana y la reconciliación con el viernes, él ahora cree que salió para encontrarse con ella.
En las historias de un chico y una chica, todo es completa rutina. Todo está inventado. Siempre ocurren coincidencias inexplicables, siempre irrumpen señales atractivas, siempre se escriben giros inesperados de guión. Al principio, los enamorados piensan que la novela que tienen entre manos es única y especial. Luego asumen que es un cuento normal, aunque bonito. Más tarde se aburren con ella como si fuera la película de después de comer. Por último lloran con el final de la fábula que ellos mismos han escrito.
Sólo unos pocos saben criogenizarse a tiempo. Bien puede ser un matrimonio de Cáceres celebrando sus bodas de plata, bien puede ser Walt Disney.
Volviendo a nuestro protagonista, mientras os contaba esto ya la ha visto. Me refiero a la chica que sale de la tarta de aquél viernes y con la que se va a querer congelar vivo.
Trato de cambiar el sentido normal de las cosas. La gente me cuenta y me dice que sus relatos tienen un planteamiento lleno de sentido, un desarrollo sencillo y un final triste. Yo escribo esto y he escogido un planteamiento sin sentido, un desarrollo difícil, y un final feliz.
El chico que conoce a la chica se llama Kim porque yo estoy azuloscurocasinegro.
Planteamiento sin sentido. Nada más verla, Kim se enganchó a ella.
Desarrollo difícil. Kim se acerca a la chica (su nombre es irrelevante porque se lo va a hacer pasar muy mal a Kim) para hablar con ella. Ella pasa bastante de él. Probablemente tiene novio o lo acaba de dejar con él o es noche de chicas o se siente fea o la música no le gusta o todos los tíos son unos cerdos o ha suspendido un examen o vete tú a saber. Pero como yo decido lo que va a pasar, una cosa está clara, Kim le hace gracia. Aunque ella no se lo vaya a demostrar esta noche. O quizás sí. Kim le pide el número de teléfono. Ella no se lo da. Él no se rinde. Como un auténtico calzonazos paga una copa de vodka con naranja para ella. Ella lo acepta y le da una cifra de su número de teléfono. Para ser más concretos el primer dígito. Un seis. Kim piensa que se está riendo de él, pero la quiere y no se rinde. Pregunta:
-¿Qué puedo hacer para completar tu número?
Ella bebe un sorbito de su copa y mira a Kim con ojos traviesos. Comienza a olvidarse de sus amigas, borrachas. De hecho su mejor amiga se está enrollando con un mazado. Ella contesta:
-No sé, prueba a ver.
Kim es torpe. No es Hugh Grant. No es ingenioso. No es gracioso. No es feo, pero tampoco guapo. No juega al fútbol. Se cansa corriendo. No saca buenas notas. Tiene barba de tres días. Viste un poco mal, siempre lleva la misma ropa. Pero es extraordinariamente cercano, natural y sincero, piensa ella. Por lo menos esa ha sido su primera impresión. Kim la caga, y solamente se le ocurre comprar una rosa.
-Chico, yo por esto no te doy ningún número. Pero bueno, te diré que el cuarto dígito no es un cuatro.
Kim se olvidó de sus amigos, borrachos. De hecho su mejor amigo se está liando con una modelo. Él contesta:
-¿Y si te digo que, pase lo que pase, sé que voy a terminar contigo?
Ella bebe otro sorbito de su copa y mira a Kim con ojos de pena. Pero por ingenuo, por tonto, por suicida y por no original decide darle dos números más, el tercero y el octavo. Kim va al baño, se mira al espejo y decide no tirar la toalla. Al volver, la busca en la pista y sin contemplaciones suelta:
-Mi película preferida es (a gusto del lector). Mi grupo preferido es (a gusto del lector). Mi libro preferido es (a gusto del lector). Mi madre se llama (a gusto del lector) y sin duda, lo que más detesto en la vida es (a gusto del lector).
Ella bebe un sorbito de su copa y mira a Kim con ojos de sorpresa. Coincide en absolutamente todo lo que ha dicho el maldito niñato. Esta vez se lo ha ganado, le escribe a Kim en el brazo la sexta cifra de su teléfono. Con pintalabios. Por primera vez en toda la noche, consiguen relajarse un poco y entablan una conversación normal. Sin estupideces ni hundimientos de petroleros. Pasa una hora, dos horas, tres horas. El dj pone pajaritos y las luces del garito se encienden. La noche ha terminado. Kim, convencido de su victoria, pregunta:
-¿Me das tu número de una vez? No creo que sea para tanto.
Ella esta noche no va a dejar de ser una mala mujer. Está convencida. Además su mejor amiga está vomitando en algún lugar. Dice:
-Ni en broma. El desarrollo de esta historia es difícil, está en las cartas. Pero tengo un buen día, te voy a dar el quinto número. Y no te voy a dar más.-Y ella coge a su amiga del sofá, sale corriendo y coge un taxi a casa. Y Kim está destrozado.
Y Kim se despierta la mañana siguiente con pena y con ansiedad. Pero ese día tiene una resaca muy mala y no hace nada. Y Kim se duerme pronto y se levanta al día siguiente mejor y sí hace algo. Kim piensa:
“A ver. Tengo el primer número, el tercero, el quinto, el sexto y el octavo. Un número de móvil tiene nueve dígitos. No tengo ni el segundo, ni el séptimo, ni el noveno. Hay diez posibilidades para cada posición. Y sé que el cuarto no es un cuatro. Hay nueve posibilidades para esta posición. No parece que me falten tantos”.
Y Kim coge una hoja sucia y escribe la siguiente operación:
Diez x Diez x Diez x Nueve = Nueve Mil.
Y Kim piensa ahora:
“Si quiero volver a hablar con ella, tendré que llamar nueve mil veces a números desconocidos. Eso se antoja como algo infinito”.
Y Kim es torpe, no es Hugh Grant, no es ingenioso, no es gracioso, no es feo, pero tampoco guapo, no juega al fútbol, se cansa corriendo, no saca buenas notas, tiene barba de tres días, viste un poco mal y siempre lleva la misma ropa, pero no tiene miedo al nueve mil veces infinito. Y desde ese día comienza a llamar a todos los números posibles, siguiendo en estricto orden cada una de las combinaciones posibles.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-¿Perdona?
-Me he debido equivocar de número, lo siento-Y cuelga el teléfono.
Y pasan (a gusto del lector) días. Y Kim sufre las consecuencias del orden. Se desanima y por un momento piensa en dejar de buscarla. Y Kim pasa (a gusto del lector) días muy jodido.
Pero Kim un martes se levanta y tira cuatro veces un dado, y apunta en la misma hoja sucia de antes los cuatro resultados de sus tiradas. Decide darle una oportunidad al azar y asigna en orden el segundo, el cuarto, el séptimo y el noveno número, completando así la serie de nueve dígitos que pueden dar al traste con su vida o pueden convertirle en la persona con más suerte del universo. Y muy nervioso coge su teléfono y presiona las teclas.
Y por fin llega el final feliz, gracias por tu paciencia, si es que has llegado hasta aquí.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-Si.
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