Que vengan.

Que vengan a mí las palabras. Ellas son como las mujeres, son mujeres. Tienes tu preferida, la que te quita la respiración, la que se toca el pelo cuando te habla, la que te hace tomar alcohol cuando no sabes qué decir, cómo decirlo, si decirlo, dónde poner el acento para decirlo bien. Alguna es mayúscula, otras minúsculas, todas se maquillan, y la que no, no está en el diccionario por más que la busco por su inicial, por su dirección, por su teléfono, su correo, dónde está, mierda, tengo que pegar una patada o derribar un edificio como si fuese un dinosaurio gigante, y es que me pongo nervioso porque no encuentro la palabra, mujer. Y a veces viene y te besa con los labios pintados con algo que compró con la mayor inseguridad del mundo, y tú quieres estar ahí para decirle ése pintalabios rojo te queda genial, no lo pienses más, ya solo con eso quiero que te vengas y quiero escribirte, no sé si una vez o trescientas o tatuármela de lo bonita que quedas, o hacerme una casa con ella y vivir ahí toda la vida, o llevarte a la playa, o amarte hasta comprando tornillos en una ferretería, ya ves, así de tonto es, así de tonto soy. Yo no lo tengo dentro, eres tú que vienes y te escribo, y sonrío siendo redundante sin que nadie entienda por qué no paras de decir la misma cosa con la misma palabra. Dame una cerveza, dame un cigarro, que así me pongo yo guapo por dentro, que así me vuelvo cada rato más loco, que así soy más imperfecto, que así va uno por la carretera, corriendo y mirando de reojo el no querer morir, pero sin importar el darse una buena hostia llena de vueltas de campana. Que vengan a mí las palabras, como mujeres enamoradas. De mí, o de que las escriba.