Primero te robé una ensaimada, hoy te he robado dos magdalenas. Si no me llenas la despensa, tendré que robarte algo de más valor.
Arde.
Y si antes de la pregunta final, la que puede hacerme ganar cincuenta millones, el presentador del concurso me dijera: «Nos gustaría conocerte un poco más, dinos algo de tus aficiones», yo le diría que me gusta buscar ofertas para ir al cine y la lencería femenina blanca. ¿Y el dinero? El dinero solamente está para quemarlo con mi impaciencia.
Tía.
Lagrimita.
Venga Diego.
Venga Diego Armando, mientras miro tu retrato, dime cómo cojones voy a poder dormir hoy y cómo puedo llegar a ser el mejor jugador del mundo.
Antes.
Licántropo.
Mini Bar.
No hay religión, ni fe, ni principios, ni manuales, ni buenos consejos, ni sabios que lo sepan, ni ensayos, no hay escritores con la clave de lo que escriben, ni crucifijos, ni teorías, ni conocimientos empíricos, ni fórmulas, ni leyes, ni pruebas que lo demuestren, ni convicciones, ni experiencias, ni instintos, ni sexto sentido, ni academias, ni catedráticos a los que consultar. No hay nada de eso hoy, nada que te pueda explicar si tus ideas eran acertadas o no, si tus esquemas se pierden con razón, si ahora te estás equivocando. No te salva tu silencio. No hay nada de eso. En cambio, sin ningún tipo de ciencia que lo respalde, tienes la miel del presente, envasada cada mañana en tu casa, hecha con esas abejas tuyas que pinchan, hecha con esas manos tuyas que acarician una cabeza, usando esos poderes de transformar un cuarto de siglo cualquiera en uno que ya no es un cuarto de siglo cualquiera, un cuarto de siglo que ahora se cree el mejor porque tú se lo has dicho, y da igual lo que digan en canciones, da igual que yo hoy me deje reposar como el café caliente escuchando a Quique y a Jorge, a González y a Drexler, da igual que hoy por primera vez esté un poco emocionado, da igual porque siempre sabremos que ya sabemos mirarnos a oscuras, que la noche es real. Da igual, porque un día abrirás el mini bar y encontrarás una carta, unos billetes y una nueva realidad. Y lo tendrás por escrito y con mi firma, y esa será la ciencia que lo respalde, y ya diremos adiós a la cuarta dimensión, a los espejismos, a los magos ilusionistas, a los efectos visuales, y a todo aquello que puedas dudar de su existencia.
Te espero, vivamos a todo trapo, y mientras tanto apuntaré en una servilleta todos nuestros números de habitación.
Bajito.
El último cigarro de anoche, le di una calada y eché el humo fuera, y estabais todos como de postal, bailando en la calle por parejas, flirteando con extraños algunas, cometiendo actos vandálicos otros, y yo como decía le di otra chupada porque me gusta apartarme un poco, permanecer ajeno, en otra órbita, para miraros así un poco de lejos, mientras me acerco a la boca de metro, huyendo del frío, pero vosotros creo que ya he dicho parecíais una orquesta desordenada, unos ríen, otros callan, ellos dos se besan. Y yo os miro desde detrás de la ventana aunque esté con vosotros claro, el licor a veces me hace así, no tengo tanto fondo, a veces me gusta callarme y veros desde la otra punta, como una película muda, pensar en que esa chica siempre que sale de la sala me dice con tono de reproche que soy un intenso y yo siempre la amenazo con pellizcarla mientras le ofrezco un chicle de regaliz negro, y después de masticarlo me mira un momento y cambia la mueca a más alegre y me suelta un poco ida por el aroma del dulce que ella me quiere así y se pone a gritar el nombre de un chico rico con el que retoza en la calle preciados, entonces pienso en el chico de Brno que se besa románticamente con la chica que siempre nos cuida, porque ella es muy familiar, me regaló un reloj calculadora que permite contar las días que quedan para montar en su furgoneta, un momento especial porque me deja poner a Iván Ferreiro y me hace un resumen detallado del año, en pleno agosto, y cabreno se va otra vez y no me gusta que esté lejos, porque así ni famosos ni ricos y trabajando en una oficina de nueve a seis con hora para comer y un matrimonio roto y a los niños solamente les veo una vez al mes, así que por eso tampoco hace falta que te tenga que pedir que me pongas en el sitio por videoconferencia, y mira al enajenado del mano a mano, bebe y bebe aunque no tenga sed y bueno, es así, es como el niño loco alemán pero a veces habla de política en el desayuno después de dormir en su coche, es gracioso, o por lo menos más que yo, que ayer estabas saboreando vinos y espero que ninguno estuviera malo, porque vaya genio te gastas, cómo te pones a veces, luego compartimos el corrector de ojeras y se nos olvida todo, y bueno, seguro que me olvido a alguien, mi madre me diría que me olvido tantas cosas que me olvido de mi mismo, y qué razón tienes cuando nos cruzamos a las siete de la mañana en la cocina, yo mirando el suelo para que no veas mis ojos rojos, tienes razón, me dejo cada viernes, cada sábado, en la sala y en las esquinas de la gran vía, en los tallarines y en las putas, me voy descontando segundos, hasta que me tapo hasta las orejas y alguien, tampoco en su sano juicio, y dime quién lo está, me dice: te quiero, bajito.
Funámbulo.
Creo que si abro la ventana y voy haciendo equilibrio por la cuerda de tender podré llegar hasta tu balcón. Cogeré miles de prendas escogiendo las mejores para ser el más guapo. También un par de pinzas para sujetarte, no vaya a ser que quieras escapar. Creo que si abro cualquier mapa en él solamente saldrán desiertos con una enorme cruz roja marcada en el centro, un oasis o un tesoro que seguro me lleva hasta tu cuarto. Creo que si el cartero me trae una carta iré preguntando uno a uno a todos los viandantes por la dirección del remite, quizá sea la tuya. Creo que si salgo a la calle a comprar el pan terminaré cogiendo el autobús para llegar hasta tu portal, y tendré cuidado de ir dejando migas que me recuerden el camino. Creo que si abro un libro el marca páginas será una foto en blanco y negro de tu salón, detrás unas instrucciones detalladas de cómo llegar. Sin parada para echar gasolina ni motel de carretera. Creo que si cojo un avión con doscientos pasajeros aterrizaré en tu jardín, sea cual sea el destino. Creo que si escojo un pastel estará hecho en tu cocina, en tu horno, con tus virutas de chocolate. Y sé que si es miércoles, de cualquier semana, y da igual dónde demonios esté, regresaré a tu cama, sabré llegar, me quedaré allí, y nunca más hablaremos de cambiar las sábanas.
De Sobredosis y Lanzallamas.
Si te pones delante y me gustas, si me llamas por mi nombre con una sonrisa y yo te pregunto por la suerte de tu vida, si me invitas a salir con tus amigos para destrozarnos los pies, si me dices un día quédate conmigo y en pleno mes del frío pienso que eso ya lo había pensado yo ayer, si haces todo esto, si te contoneas delante de mí como una bailarina, solamente puedo hacer una cosa: ir a la fuente, llenar un vaso de agua hasta que se desborde y pedirte los papeles. Y si me los das con ojos de desconfiada, te los voy a quitar de las manos y los voy a mirar para asegurarme de que son tus esquemas. No tiembles, ya sabes lo que estoy haciendo. Empaparlos, mojarlos, dejar que deshagan. Nos ponemos nerviosos ¿no crees?. Cincuenta millones por quince preguntas. Las primeras son sencillas, cosas como cuál es la capital de Francia o quién es el mejor amigo del hombre. Pero llegamos a las preguntas finales y notamos pequeños escalofríos porque hay un maletín lleno de billetes en juego. En nuestros ojos hay destellos. El Martini de anoche estaba agitado, como nosotros hoy. ¿Los nervios del directo?. Puede ser. Caballos desbocados, satélites fuera de órbita, explosiones atómicas, y tú y yo con ganas de quemar contenedores, de romper escaparates con adoquines y de robar otro coche. Me hace gracia verte así, cruzada de norte a sur. Me hago gracia a mí mismo, ahora que te meto mano y me doy cuenta de que esta parte de aquí pincha y me sale una gotita de sangre y esta otra es puro terciopelo. Con todos estos datos podría hacer un estudio muy completo del átomo. Si me buscas que sepas que estoy en la cama, con una ligera sobredosis y abrazado a mi lanzallamas.
Febrero.
San Valentin.
Contracción.
La resaca fría de mi habitación oscura me está preguntando cosas. No me gustan sus preguntas. La resaca fría de mi habitación oscura es bastante cerda y me ha puesto porno con música clásica de fondo. Me está gustando el porno. La resaca fría de mi habitación oscura me ha puesto en las manos la película que regalaban hoy con el periódico. Se llama «El mismo amor, la misma lluvia». Curioso el nombre. No sé con qué quedarme, si con las preguntas, con el porno, con el mismo amor o con la misma lluvia.
Barrilete Cósmico.
Eh, te has dado cuenta de que no todo era de la manera que te habías pensado. A veces los cimientos tiemblan. Pero parece que esta vez lo tienes muy claro todo, vas a patentar algo nuevo. La lógica ilógica. Bienvenida a ella. Cuando entro en los guateques con mi licor en la mano, buscándote a oscuras entre miles de almas, me inunda el espíritu del barrilete cósmico en Mexico '86.
"Balón para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota, Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial. Y deja el tercero, puede tocar para Burruchaga... siempre Maradona. ¡Genio, genio, genio! Ta, ta, ta, ta, ta ... ¡Gooooooool gooooooool! ¡Quiero llorar! ¡Dios santo, viva el fútbol, golaaaazo! ¡Diegoooool!!! Maradona! Es para llorar, perdónenme. Maradona, en una recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos, barrilete cósmico, ¿de qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés?, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina. Argentina 2 - Inglaterra 0. ¡Diegol, Diegol!, Diego Armando Maradona. Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina 2 - Inglaterra 0." Victor Hugo Morales.
Fantasmas.
Vecinos de Actores.
Buenas noches, duérmete. Seguro que estás cansada. Y mientras me voy a quedar despierto esperando a que te duermas. Deja que me encienda un cigarro para ponerme un poco tonto. Me pongo Ryan Adams y veo un par de fotos tuyas. Déjame decirte algo sencillo, lo típico en estos casos. Por ejemplo que eres un blues, que eres una armónica, que eres unas palabras escritas en un folio. De esas que se guardan y nunca enseñas a nadie porque es demasiado íntimo. Eres una bofetada que te convierte en un chico valiente, la chica que me dijo que podría saltar la valla para ver más allá. Y tras una alambrada había un vergel. Y esa respiración de la que tú hablas para mí es el aire que te da en la cara durante un viaje en motocicleta recorriendo las islas griegas. Me gusta como escoges los discos de vinilo mientras yo dejo la habitación a oscuras, y como suena esa guitarra acústica mientras hablamos entre susurros. Llámame peliculero, tienes razón, porque cuando te veo al fondo de la pista de baile con tus zapatos nuevos yo me imagino un tsunami que arrasa con todo a cámara lenta, a cámara muy lenta, dejándote solamente a ti, iluminada por un enorme foco teatral. ¿No crees que suena muy cursi? Si, tanto que podría ser un miembro de La Oreja De Van Gogh. Pero bueno, ahora permíteme que lo adorne todo, y que piense en molinos de viento y en pompas de jabón metiendo la cabeza debajo del agua . Esto no lo vas a entender, así que no hace falta que te lo explique. Yo estoy muy tranquilo porque si miro hacia arriba veo las vigas de madera de nuestra casa. Puedes hacer temblar los cimientos, pero curiosamente no puedes derrumbarlos. ¿Qué te parece? ¿Seguimos hablando de pizzerías y de lo bonita qué es la cafetería?. Venga, resulta muy fácil. Hagámoslo. Por esta noche te dejo que busques la postura entre sueños mientras das vueltas de campana bajo las sábanas, como diría mi cantante preferido. Me voy a meter en la cama pies fríos, mañana te sigo escribiendo. Pero deja que me encienda otro cigarro para soñar con tonterías. Veo otra foto tuya y sale una mano sobre otra mano. Un beso. Buenas noches. Tengo que dormir si quiero darte otra vez los buenos días.
Estático.
Uno de esos chicos que arma una gran escandalera bajando por las escaleras, salvando grupos de dos o tres escalones con un gran salto como el que se lanza al vacío, a un abismo. Ama el bullicio y las voces porque le recuerdan las revueltas en interminables partidos de fútbol, todos los veranos de los noventa. Solo los niños sin vacaciones bajaban al parque en julio y en agosto. Y allí estaba él, con sus botas de fútbol heredadas jugando con el hijo de un conserje o un cocinero. A veces se enfadaban entre ellos: «¡Tú qué dices payaso! No ha sido falta, era una carga legal». No sabía exactamente qué demonios era una carga legal, pero era algo que le hacía dudar durante dos o tres segundos hasta que al final se enzarzaba en una pequeña reyerta infantil, de la que podía salir físicamente escaldado. Nada que no se pudiera corregir con un flash de fresa, o de piña, o de lo que fuera. Así que siempre le gustó el bullicio, la jarana. Pero a veces, también ahora, se queda inmóvil. Y recuerda su walkman con radio. Le gustaba ponérselo los domingos por las noches antes de la vuelta a la clase del lunes. Oía música, jazz y cosas así. Pero existía un problema, era complicado sintonizar la frecuencia. Si se movía oía mucho ruido, interferencias. Si se quedaba quieto con la postura adecuada, podía escuchar aquella música de forma nítida y clara. Y así se quedaba, olvidando cualquier tipo de alboroto, alejándose del barullo, concentrado en su programa de música favorito. Y en la voz de la locutora que le acompañaba durante largas noches de insomnio.
Derecho a Réplica.
No, seguro que la vida no es así. La cuestión es saber qué cojones hay que sacrificar.
Palanca.
Una vez, cuando era pequeño, acompañé a mi padre a trabajar, y me dejó esperando en el coche con las llaves puestas porque él iba a hacer algo. Y estuve allí un buen rato, diez o veinte minutos, y cuando me cansé de jugar con los papeles del seguro que había en la guantera y me aburrí de escuchar la cinta de un grupo que se llamaba obk que cantaba una canción que decía 'historias de amor, ojos que miran (o brillan) con ilusión, pasiones vividas entre los dos, entre los dos (segunda voz esta última)' me dispuse a salir y a buscar a mi padre que seguramente se estaba tomando una caña por ahí o vete tú a saber qué. El caso es que lo de salir del coche era algo prohibido, porque ya mi padre me avisó cuando me dejó solo con un 'ten cuidao no hagas nada malo'. Así que preparé concienzudamente mi huida. Era como una prueba de madurez o algo así. Lo más importante era que a mi padre no le robaran el coche por mi culpa, así que antes de salir eché todos los seguros de las puertas (el de la puerta por la que salí, obviamente, lo eché desde fuera, antes de cerrar). Encontré a mi padre y le conté que había salido del coche, que era un rollo estar ahí metido. Mi padre me escuchaba muy atento. Cuando terminé, me preguntó:
-¿Y las llaves del coche?
-Ay.
Lo siguiente que recuerdo es a mi padre con una palanca, forzando una puerta del coche. El resto lo he olvidado.
Moraleja:
Probablemente mi padre, dejando a un niño con sobrepeso y los mofletes rojos que no paraba de preguntar todo en un coche con las puertas abiertas y las llaves puestas lo que quería es que alguien le robara el coche con el niño dentro. Lo cual explica que nunca más le volví a acompañar a trabajar.
