Stendhal.

Papel de las paredes flexible aunque suene increíble, elástico, que soporte los latidos y las inspiraciones, mis aullidos y tus rugidos. Noches largas, largas noches, dándonos besitos en el porche, la Antártida y sus efectos, el ron y mis defectos, deja que me arrastre ante el magnetismo terrestre. Celo caro, envidia barata, un doctor en bata y a él le digo drogado que mi síntoma es su aroma cuando asoma por mi nariz y ya nada es un desliz. El freno monótono sonó que no, el dibujo del folio se hizo un lío, letras diferidas te batean, unas animadoras corean, y tú camina o revienta a cámara lenta, a tumba abierta, a cara de perro como un pez para mañana pedir la vez de la vejez a tu tez sin saber qué decir si me interrogas: ¿qué ves?. Ya ves, tengo las llaves del observatorio, lluvias de estrellas vieron la luciérnaga y el ciempiés comentando el cosmos y su estrés, comentando el deshielo y el diptongo bello llamó idiota al hiato mientras se abría el cielo. Clientes de la calle, hurtan bancos, se roban almas y piensan con los ojos -picantes- como platos –mexicanos-, la más ciega borrachera, escupitajos en cajas y horizontes horizontales con cuatro esquinas que son camas ajenas del país de nunca jamás. ¿Es la tierra que se eleva o es mi avión el que despega?. No es para nada normal ser paranormal ni mi síndrome de Stendhal, tumbado en el jardín de la alegría intentando pensar en rara poesía, tía.