¡Céntimos, céntimos!

Y solamente tenía unas cuantas monedas de céntimo ¿sabes?. Bueno, la que armé aquella tarde, rompí todas las huchas, busqué dentro del forro de los cojines, debajo de la cama y en cajas vacías de galletas de mantequilla ¿curioso, verdad, que fueran de mantequilla? Y bueno, reuní y reuní todo ese cobre que nadie quiere, esas monedas que ella odia tocar y pude juntar apenas un euro y medio. Tenía muy poco dinero, pero una ilusión enorme, como cuando hacía dieta severa y me dejaban comprar un bollito los domingos. Rellené un par de columnas de esas loterías que solamente juegan los dueños de los bares y los pensionistas. ¿Qué por qué lo hice? Porque el azar está de tu lado si confías en él, si de repente se convierte en tu mejor amigo. Esto lo he soñado. Soñé que escribía esto. Y bueno, al día siguiente, un jueves un tanto vacío, un jueves en el que te falta algo, me dieron la buena noticia. ¡Me tocaron doscientos euros! Te prometo que fue como si me hubieran tocado cincuenta millones, aunque eso sí, no iba a malgastar el dinero comprando champán, al menos no esta vez. Lo mejor de todo es que alguien me dijo que no me pusiera así, que era un premio menor. Ahí se me puso una sonrisa de oreja a ojera y oreja. «Usted no sabe nada, con este dinero pienso viajar rumbo a una estrella».

Los dientes largos y mis sueños son el delicioso régimen dictador de mi locura.

0 opiniones: