Discúlpenme, no les llamé de usted, les traté de tú. El defecto lo podríamos achacar a un exceso de curiosidad infantil, probablemente provocada por nuevos rincones a explorar en una casa de campo grande. Con sus gallinas y su gallo cercado, su taller de cerámica y el alto número de mejores amigos del hombre. Y un gato. Pero el felino no se sorprendía más que yo olfateando nuevas esquinas, no disfrutaba más que yo escondiéndose en una nueva habitación. El caballero recita en verso terso y firme, cicatrizado, mientras las cenizas del cigarro que apura caen distraídamente en un mantel de flores. Al menos lo imagino así, capturando palabras cruzadas, como si se tratara de un pasatiempo. Jugamos a ser amos y señores de la sobremesa, plácidamente recostados en nuestras sillas de mimbre, dejando que el tiempo por un momento nos dejara la casa para nosotros. ¿La escopeta? Si acaso para defender su hogar, para nada más. La señorita parecía de acuerdo, y con ganas me quedé de pedir que me llevara a la estantería, de que me hablara de algún libro nuevo, de que me leyera en alto alguna línea especial, y se me olvidó porque era difícil apartar la mirada del plato caliente, no vaya a ser que mi querido amigo decida robarme alguna cucharada. Podría pasar por periodista y volver con mi grabadora, con un sombrero de fieltro y hacer una entrevista sobre aquel viaje a Londres. ¿Saben? A veces uno se cansa de ver a tanta gente joven que parece mayor. Tampoco se pierde mucho tiempo en mirar un ratito las migas de pan que caen al suelo y dejarse sorprender. A veces me pierdo entre tanto detalle. Siempre me gustaron los matices, y yo capté uno, había un poco de Rock & Roll en todo aquello. Y más tarde me di cuenta de mi gran fallo, para qué tanta pregunta, si la historia que yo quería saber vivía encerrada en un sorbo de vino de una botella, elegida al azar entre otras ochocientas.
Y a la hora de irnos me quedé un poco rezagado, y mientras el resto charlaba fuera yo fui a la cocina para buscar una botella vacía. La llené de toda aquella risa, la taponé con un corcho y la escondí en un lugar secreto, y solamente me vio el gato.

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