Ahora el aire despeina y el sol hace que se cierren los ojos. Tomé la delantera mientras una voz detrás de mí pedía que caminara despacio. Yo caminaba deprisa. Quería volver a entrar en el colegio en el que entré por primera vez con cuatro años y del que salí con un graduado escolar debajo del brazo. Fueron muchos años allí, tal y como me demuestra la nostalgia que se coló por la ventana desde el momento en el que recibí una carta y supe que tendría que volver a subir las escaleras que conducían al patio. Al verlo pensé lo mismo que se piensa cuando te encuentras un viejo amor: ahora tiene más arrugas, recordaba su sonrisa más grande, pero sigo sabiendo que yo disfruté aquí.
Aún permanecían las canastas en el patio trasero en el que todo parecía ocurrir. Las mañanas heladas, los pantalones de chandal con agujeros en las rodillas, la lluvia que podía durar una semana, los vecinos que nunca salían a los balcones de enfrente, las manos en forma de cuenco pidiendo pipas, los primeros secretos, las primeras revelaciones, las caídas, el sentarse en cuclillas, los gritos. Cada cosa que ocurría era una experiencia vital, un tatuaje para toda la vida.
Volví sobre mis pasos hasta llegar a la puerta de garaje junto a la entrada. Levanté la cabeza y vi cuatro banderas caídas pero firmemente sujetas a cuatro mástiles pintados con pintura verde para exterior. Las mismas banderas que ondeaban años atrás sin estar hechas jirones como ahora. Los mismos mástiles que repiqueteaban años atrás cuando los golpeábamos con un palo o una piedra declarando una nueva guerra, un nuevo estado de sitio, un nuevo cambio de orden.
Recordé a un antiguo compañero de clase, Daniel Reyes, el Sevillano. Tenía una cicatriz en el labio superior que según se rumoreaba se hizo al meter la boca en un enchufe. Le conocía y sabía que bien podría ser verdad. Éramos buenos amigos, pero no mejores amigos. Su madre había huido, ninguno sabíamos a donde. Su padre había muerto, ninguno sabíamos porqué. Vivía con su tía, una mujer algo más mayor que el resto de los padres. Nos invitaba a pasar las tardes en casa. Siempre que iba allí recorría todos los rincones buscando el enchufe en el que Dani se electrocutó mientras los demás jugaban. Buscaba pistas: una quemadura en la pared, algún resto de olor a incendio eléctrico en las sábanas, un trozo de labio. Nunca encontré nada.
A los pies de uno de aquellos mástiles eché la vista unos cuantos años atrás. Allí estábamos sentados Daniel y yo, el sol dándonos en nuestras caras, las espaldas recostadas contra la pared, los brazos cogidos por los codos encima de nuestras cabezas, en silencio, esperando a algo. Me dijo:
- Enséñame la polla.
Bajé los brazos y me incliné lentamente hacia él. Me detuve:
- No, no te voy a enseñar la polla, Dani.
- Últimamente me duele mucho ¿sabes? Estoy preocupado, no sé si tengo algo. Tengo miedo de decírselo a alguien. Solamente tenemos once años, pero me duele la polla. Me tira. Me tira mucho y duele ¿No te ocurre a ti?
- No, la verdad es que no me duele, Dani.
- Déjame enseñártela. Necesito que alguien la vea. No se la puedo enseñar a mi tía, quiero ir al médico pero tengo miedo. Tienes que verla.
- Me da asco, Dani. Mejor no me la enseñes.
En un movimiento rápido se sacó la polla. La tenía muy roja realmente. Yo no pensaba mucho en mi polla, no pensaba en lo que había debajo de unos pantalones, de una falda.
Me dijo:
Me dijo:
- No paro de tocármela ¿entiendes? Me estoy volviendo loco, me duele. Creo que puede ser grave.
- Deja de tocártela, Dani. - Me levanté y me fui sin esperar a que se guardase la polla.
Volví a mis días de ahora cuando una mano me tocó la espalda. Mi acompañante me dijo:
- Ha cambiado mucho el colegio ¿verdad?
No contesté. Me dirigí al centro del patio principal como el que se dirige hacia un punto sin saber realmente dónde se dirige. Como el que anda con un pequeño nudo en la garganta sin saber muy bien qué va a alcanzar en el destino, si es que el destino correcto es realmente ése al que se dirige, pero sabiendo perfectamente qué se va dejando atrás con cada paso. Sabiendo perfectamente cuál es ese sentimiento de pérdida, la suave aflicción de la nostalgia, la lágrima lenta que nunca termina de salir. El momento en el que escuchas Jazz, aunque no te guste el Jazz.
Me coloqué en el centro del patio y miré la canasta de baloncesto. Me gustaría volver a esos años. No para que me volvieran a enseñar la polla. Volver a sentir aquel aire en mi cara. Ese aire que no despeina. Ese aire que te dice que te queda toda la vida por delante. Ese sol que no te cierra los ojos.
