Comecocos.

Lloré por primera vez en primero. Se pusieron de moda los comecocos, un regalo de la papiroflexia de por aquél entonces. Tenía forma de rombo y las niñas metían los índices y pulgares por debajo. Tú decías un número, ellas abrían la enorme boca del comecocos tantas veces y después escogías un color que correspondía a una pestañita que se abría y adivinaba cosas de tí, como quién te gustaba o si eras feo o guapo, según el diseño escogido. Nunca me importó descubrir cosas crueles en aquel inocente juego, pero siempre quise tener uno, aunque nunca nadie me dijo cómo hacerlo. Hasta que la profesora decidió no trabajar la última hora de un viernes y hacer una master class de cómo fabricar un comecocos. Mi oportunidad, por fin tendría mi propio comecocos con el que decidir mi futuro. Tan nervioso estaba que no pude seguir el ritmo de la lección, me temblaron las manos al recortar el papel, desperdicié un par de folios, rompí un par de ceras, y en aquella clase me quedé el último con mi comecocos a medio hacer, y mientras el resto de la clase se lo pasaba en grande con sus nuevos comecocos. Ahora recuerdo que yo seguí intentándolo y que quedamos tres, dos niñas y yo que vieron mi cara de angustia. Y si, me puse a llorar a moco tendido porque me sentí completamente inútil. Recuerdo que Patricia me consolaba y me decía que no pasaba nada, que ella me dejaba el suyo, que podíamos jugar los dos con él, pero yo no pude hacer mi comecocos. Y lejos de olvidárseme aquello nunca lo he podido olvidar, de vez en cuando, dos o tres veces al año (hoy es la primera del 2010) lo recuerdo sin saber muy bien por qué. Y lo peor de todo es que todavía esa tontería me hace sentir mal, porque era un comecocos que no me salió, y yo quería un comecocos, y desde entonces ese comecocos se quedó dentro de mí, muy dentro de mí.

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