Miércoles. Es por la tarde y es primavera. Primavera fría.
Aparece doblando la esquina, en su pequeño coche blanco de los noventa. Destartalado, maltratado, malherido, abollado, arañado, con toda su vida dentro del maletero. Con las luces de posición encendidas. Amarillas. Detiene el coche, tira del freno de mano, se agacha a recoger toda la mierda que hay en el asiento del copiloto. Baja la música que siempre lleva al máximo. Yo mientras rodeo el coche por la parte trasera, observo por última vez la matrícula y la pegatina de 'Apple' que lleva encima del faro trasero. Abro la puerta, me abalanzo a sentarme, golpeo todo con mi mochila, como siempre.
-Hola.
-Hola - me dice.
Fríos y distantes. Un aura azúl como un atardecer helado nos rodea.
-Ya no me besas ni nada, podrías saludar.
-Estaba en doble fila, quería arrancar rápido.
Silencio. Subo la música con el fin de que alguna nota pueda distraer nuestras cabezas a punto de morir.
-¿Qué tal tu día?
-Bien - contesta.
Gira por calles, aminora en un ceda el paso, deja que cruzen los peatones, se detiene en varios semáforos.
- El viernes podríamos ir a cenar a casa de Sara.
- No sé - Y me pongo a mirar las zapatillas que tiene tiradas en el suelo del acompañante. No recuerdo si unas bailarinas de Blanco o unas Vans con cuadrados blancos y negros.
En cuanto el coche se adentra en un túnel, sus ojos estallan:
- No sé, no sé, no sé... siempre no sé. Siempre lo mismo. Estoy harta de ofrecerte hacer cosas y nunca quieres hacer nada. Siempre igual. Lo que te pasa es que no quieres ir, y no sabes decirme que no, y me pones excusas, y el viernes llegarás y me dirás que estás cansado o vete tú a saber que cojones me contarás- La velocidad del coche aumenta escandalosamente, veo pasar los coches de al lado muy de cerca, sus gestos y su cara se tornan en rabia.
- No es eso, es que a día de hoy no sé que voy a hacer el viernes, y bueno, es verdad que no me apetece mucho, pero a lo mejor voy. - Miento. El coche se llena del humo de mi mentira.
Ella respira, piensa lo que me va a decir, hincha las aletas de su nariz, carga su escopeta y me apunta, me va a matar aquí y ahora. Y me grita:
- ¡Conmigo no vas a jugar como lo haces con el resto de la gente!
Torpe como un recién nacido, se me ocurre a mi también gritar como único argumento:
- ¡A mi no me grites eh!
Y por si no quedaba claro, por si no hubiese sido suficiente, repito:
- ¡ A mi no me grites eh!
Los dioses se van al bar, ellos ya han hecho su trabajo por hoy, los dados se quedan encima de la mesa hasta el día siguiente.
Ella no dice nada a este último grito. Pero su cara está encendida, está realmente cabreada, está roja, no tiene ojos sino mal de ojos, tiene los labios apretados como un asesino. Y simplemente mueve el volante una vuelta completa, dirigiendo el coche hacia mi casa otra vez, infringiendo alguna norma de tráfico.
- ¿Vas a arreglar esto llevándome a mi casa?
-Mira, te llevo a tu casa por no dejarte aquí ahora mismo – El enfado se convierte en chulería, y esa chulería ya me la conozco y me toca los huevos, y el que se enciende soy yo.
-¡Bájame de aquí ahora mismo!¡Bájame de aquí ahora mismo!¿Me oyes?
Y el coche paró por última vez. Y me levanté de ese asiento, y volví a golpear todo con mi mochila, como siempre. Y me quedé solo en medio de la nada. Me volví a casa andando. Sabiendo que todo había terminado.
Porque siempre hay muchas citas, pero solamente una despedida.