Envuelto en llamas.

Antes tenía la manía de apartar la silla nada más iniciar el gesto de sentarme. Varias veces di con mi cabeza en el suelo, y al levantarme y mirarla a la cara con los brazos extendidos en gesto de súplica ella apartaba la mirada y emitía una escueta carcajada tapándose la boca con dos dedos de la mano. A mí nunca me importó demasiado, seguía con mis planes de sentarme en aquella silla tantas veces como su obsesión permaneciera. Hasta que un día vino con un regalo envuelto en llamas, veinte pedazos de amor de uso individual. Parecían veinte trocitos de un pastel que dura poco en la nevera porque enseguida alguien lo devora, veinte promesas de que al menos veinte veces más seguiría pensando en mí como el único cangrejo interesante de la playa. Un pequeño regalo dijo, y yo más bien lo veo como un gran regalo, algo que va más allá, porque nunca antes me demostró de esa manera que sí, que estaba dispuesta a subir conmigo en ascensor a la novena planta para comenzar comentando el tiempo y terminar desequilibrando el contrapeso, dispuesta a encerrarse conmigo en el cuarto donde se encuentra el contador de la luz. Y la luz subirá tanto que habrá que ponerle un nombre a una cifra que tiene tantos nueves en la parte que sigue a la unidad más significativa.

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