Uno de esos chicos que arma una gran escandalera bajando por las escaleras, salvando grupos de dos o tres escalones con un gran salto como el que se lanza al vacío, a un abismo. Ama el bullicio y las voces porque le recuerdan las revueltas en interminables partidos de fútbol, todos los veranos de los noventa. Solo los niños sin vacaciones bajaban al parque en julio y en agosto. Y allí estaba él, con sus botas de fútbol heredadas jugando con el hijo de un conserje o un cocinero. A veces se enfadaban entre ellos: «¡Tú qué dices payaso! No ha sido falta, era una carga legal». No sabía exactamente qué demonios era una carga legal, pero era algo que le hacía dudar durante dos o tres segundos hasta que al final se enzarzaba en una pequeña reyerta infantil, de la que podía salir físicamente escaldado. Nada que no se pudiera corregir con un flash de fresa, o de piña, o de lo que fuera. Así que siempre le gustó el bullicio, la jarana. Pero a veces, también ahora, se queda inmóvil. Y recuerda su walkman con radio. Le gustaba ponérselo los domingos por las noches antes de la vuelta a la clase del lunes. Oía música, jazz y cosas así. Pero existía un problema, era complicado sintonizar la frecuencia. Si se movía oía mucho ruido, interferencias. Si se quedaba quieto con la postura adecuada, podía escuchar aquella música de forma nítida y clara. Y así se quedaba, olvidando cualquier tipo de alboroto, alejándose del barullo, concentrado en su programa de música favorito. Y en la voz de la locutora que le acompañaba durante largas noches de insomnio.
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