Si te pones delante y me gustas, si me llamas por mi nombre con una sonrisa y yo te pregunto por la suerte de tu vida, si me invitas a salir con tus amigos para destrozarnos los pies, si me dices un día quédate conmigo y en pleno mes del frío pienso que eso ya lo había pensado yo ayer, si haces todo esto, si te contoneas delante de mí como una bailarina, solamente puedo hacer una cosa: ir a la fuente, llenar un vaso de agua hasta que se desborde y pedirte los papeles. Y si me los das con ojos de desconfiada, te los voy a quitar de las manos y los voy a mirar para asegurarme de que son tus esquemas. No tiembles, ya sabes lo que estoy haciendo. Empaparlos, mojarlos, dejar que deshagan. Nos ponemos nerviosos ¿no crees?. Cincuenta millones por quince preguntas. Las primeras son sencillas, cosas como cuál es la capital de Francia o quién es el mejor amigo del hombre. Pero llegamos a las preguntas finales y notamos pequeños escalofríos porque hay un maletín lleno de billetes en juego. En nuestros ojos hay destellos. El Martini de anoche estaba agitado, como nosotros hoy. ¿Los nervios del directo?. Puede ser. Caballos desbocados, satélites fuera de órbita, explosiones atómicas, y tú y yo con ganas de quemar contenedores, de romper escaparates con adoquines y de robar otro coche. Me hace gracia verte así, cruzada de norte a sur. Me hago gracia a mí mismo, ahora que te meto mano y me doy cuenta de que esta parte de aquí pincha y me sale una gotita de sangre y esta otra es puro terciopelo. Con todos estos datos podría hacer un estudio muy completo del átomo. Si me buscas que sepas que estoy en la cama, con una ligera sobredosis y abrazado a mi lanzallamas.
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