Mini Bar.

No hay religión, ni fe, ni principios, ni manuales, ni buenos consejos, ni sabios que lo sepan, ni ensayos, no hay escritores con la clave de lo que escriben, ni crucifijos, ni teorías, ni conocimientos empíricos, ni fórmulas, ni leyes, ni pruebas que lo demuestren, ni convicciones, ni experiencias, ni instintos, ni sexto sentido, ni academias, ni catedráticos a los que consultar. No hay nada de eso hoy, nada que te pueda explicar si tus ideas eran acertadas o no, si tus esquemas se pierden con razón, si ahora te estás equivocando. No te salva tu silencio. No hay nada de eso. En cambio, sin ningún tipo de ciencia que lo respalde, tienes la miel del presente, envasada cada mañana en tu casa, hecha con esas abejas tuyas que pinchan, hecha con esas manos tuyas que acarician una cabeza, usando esos poderes de transformar un cuarto de siglo cualquiera en uno que ya no es un cuarto de siglo cualquiera, un cuarto de siglo que ahora se cree el mejor porque tú se lo has dicho, y da igual lo que digan en canciones, da igual que yo hoy me deje reposar como el café caliente escuchando a Quique y a Jorge, a González y a Drexler, da igual que hoy por primera vez esté un poco emocionado, da igual porque siempre sabremos que ya sabemos mirarnos a oscuras, que la noche es real. Da igual, porque un día abrirás el mini bar y encontrarás una carta, unos billetes y una nueva realidad. Y lo tendrás por escrito y con mi firma, y esa será la ciencia que lo respalde, y ya diremos adiós a la cuarta dimensión, a los espejismos, a los magos ilusionistas, a los efectos visuales, y a todo aquello que puedas dudar de su existencia.

Te espero, vivamos a todo trapo, y mientras tanto apuntaré en una servilleta todos nuestros números de habitación.