El chico, desde pequeño, sufre ataques de nervios durante breves intervalos de tiempo. Son permitidos y discretos, siempre bajo control, simulacros de incendio en un colegio público. Anuncios de ansiedad por palabras que tiran las hojas de su próximo libro por los suelos. Todo es afán por, una vez acabados los seísmos, volver a colocarlo todo de distinta forma. Combate el aburrimiento corriendo por las calles llenas de escarcha, escuchando el hielo romperse bajo las suelas de sus zapatillas. Y durante una de esas tempestades, en mitad del Océano Atlántico creo que era, con el mástil hundido y el timón quebrado, desenvolvió un mapa que mostraba la ruta hacia el puerto de los días con sol. En lugar de eso se encontró con una foto de su ausencia, aquella que guarda siempre que va a faenar con su chubasquero amarillo. Un retrato de una cara de mujer, una chica con astrolabios, instrumento que le ayuda a determinar la posición de las estrellas en la bóveda celeste. O al menos eso comprobó un domingo, sobre unas sábanas rosas y bajo un iglú de plumas blanco. Apicultor que extrae la miel de la colmena. Todo esto le conduce a tomar una decisión. Tira a las aguas un mensaje dentro de una botella con destino su ausencia. En la nota escribió lo siguiente, según me llegaron a contar a mí:
"Ya sé lo que vamos a hacer. Con toda la madera de este barco voy a construir una pequeña casa. Una casa para ti y para mí. Humilde, cómoda y reconfortante. Siempre va a estar caliente. Vamos a plantar tomates, me prometiste tierra firme porque sabes que me mareo en el mar. Y luego, luego sé que no va a haber luego. Porque vamos a escribirnos mensajes en cada una de las vigas de pino de nuestra morada, idénticos a los que te escribí en el vaho de las lunas de un coche. Así día sí, día también, soportándome, lo único."

2 opiniones:
genial fragmento..!
volveré..
besos.
yo pongo los rotuladores:)
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