Bajamos juntos las escaleras que bajaban a la arena. Me quité la camiseta y la dejé apoyada encima de una piedra, dejando que se empapara de humedad. Él, el chico de Brno, me seguía, como siempre girando la cara hacia sus espaldas a cada segundo, sonriendo, haciendo gestos divertidos y gritando a los nuestros, que se quedan sentados en el muro de arriba, a esas horas no les apetece el agua. Yo no les hago ningún caso, no hago caso a nadie, he visto una boya amarilla al fondo y quiero llegar hasta ella solo. Pronto dejé al chico de Brno atrás, sin dar ningún tipo de explicación, y me zambullí en el Mar Cantábrico de Hendaya al paso de una ola, tan pequeña como yo. Y allí debajo, aguanté la respiración lo que pude, lo que el humo me permitió, lo suficiente como para preguntarme ¿Estás seguro? Y responderme Estoy seguro. Y me puse a nadar, con ese estilo tan de barrio, tan de piscina portátil, tan de cuadrúpedo terrestre. Los franceses seguro que pensaban Ese chico no tiene escuela alguna, pero en francés. Yo siempre pienso que No tengo escuela alguna, pero en silencio. Y con la boya en el horizonte nadé, y yo la encontraba más lejos a medida que mi cansancio se acumulaba. Pero en realidad no nos separaba tanta distancia, no. Conseguí a duras penas alcanzarla y me abracé a ella y enrosqué las piernas en la cadena que la mantenía fija y mi mente se concentró por fin en un único punto, lastrada como la boya. Así que, mientras flotaba fui sincero conmigo mismo, estilo soñador adolescente, pero sincero. Que sirva de atenuante para tanto onirismo espontáneo la conquista de un mar, el encontrarme rodeado del mejor atardecer posible, la visión de un casino que destaca entre el resto de estructuras, los rebufos provocados por unos aviones con su vuelo raso tras despegar de un aeropuerto, y la boya amarilla. Todo un caldo de cultivo cerebral en el año que descubrí el color amarillo, el color del peligro no inmediato según la bandera que izó la Cruz Roja aquél día de agosto en aquella playa. Que sirva de atenuante repito, señor juez, si me embriagué y me propuse revolucionarme por dentro, revolucionar por fuera a los demás. Y concluí: Olvídate de todo, vuélvete loco, total qué más da, es lo único que sabes hacer medianamente bien., asoma la cabeza como el casino de allá a lo lejos, el que se recorta contra el ocaso. Me alimenté de no querer ser un cualquiera, ni para mí ni para quién fuera. Feliz egocentrismo nuevo.
Yo celebré el Año Nuevo solo en medio del Mar, hoy celebraré siete de agosto rodeado de gente en medio de una ciudad. Se lo debo al almanaque.
En la imagen, una boya amarilla, probablemente del Mediterráneo.
De Alicante, Torrevieja o algún sitio así. Parece un Huevo Kinder.


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