Entonces.

-Entonces ¿qué dices que ocurrió?
-No ocurrió nada.

Sí, lo recuerdo, hacía mucho calor aquél día. Probablemente se registró un máximo histórico de temperatura. Aquella noche había fiesta en el barrio. Nadie llamaba, todo el mundo estaba lejos. Un apocalipsis, pensé, si esta noche nadie va a la fiesta.

Hubo una llamada, quizá dos. Eran unos amigos, Hace mucho que no nos vemos me dijeron, Hoy hay fiesta en el barrio les respondí, podemos vernos e ir para allá, así nos ponemos al día y os invito a ginebra, allí habrá mucha gente, amigos míos de todas partes, os los presentaré, será divertido, mentí. El deseo siempre conduce a algo malo, pero es algo innato y común a todos, hasta propio de los que no beben. Perfecto, tuvieron bien en decir, nos verás a las nueve en la plaza de siempre, cerca de tu casa. Ya no vivo ahí, contesté, pero está bien, allí estaré.

Ni aún así mereció la pena levantar la persiana, pero sí que abrí una cerveza. Dos. Tres. Pasé la tarde imaginando los vestidos que vería aquella noche. Vestidos cortos, ceñidos a la cintura, escotados hasta dejar ver la ropa interior, con tirantes y sin ellos, o con un tirante roto.  De corte oriental, con botones hasta el ombligo. Vestidos violetas con solapas de camisa, transparentes por la espalda, con volantes en la falda. Estampados de flores pequeñas y de muchos colores, vestidos que se levantan al bailar, vestidos que te dejan ver algo más cuando suben las escaleras por delante de ti, vestidos que se deslizan hasta el suelo y se repliegan a la altura de los tobillos. Todos los vestidos del vestidor de una actriz, todos los vestidos que jamás había visto antes.

Allí estaban ellos, a la hora fijada, en aquella plaza por la que hacía tiempo que no pasaba. Cuánto tiempo, no has cambiado nada, dame un abrazo, dame otro abrazo, cómo te fue todo, hace calor, con este calor bien podríamos estar todos muertos, por fin nos vemos, cuéntame, perdona que te esté dando tantos golpes, es la emoción, realmente no cambiaste nada. Eso recuerdo que hicieron. Comenzamos a andar hacía la feria mientras resumíamos los episodios de nuestras vidas en un par de líneas que se volvían a sintetizar una y otra vez de un lado hacia otro, como en un partido de tenis. Compramos tabaco, alcohol, nos sentamos en algún lugar, nos dispusimos a beber.

No ocurrió nada durante horas,  hasta que de pronto oí un saludo, alguien que decía mi nombre. Eran unos amigos a los que no tenía ganas de ver acompañados por un grupo de vestidos a los que deseaba conocer. Sentaos, sentaos, llevamos un buen rato, aquí se está bien.

Sí, lo recuerdo. A aquella altura de la noche yo me encontraba perdido, fumando sin parar. En las noches así siempre llega ese momento en el que hay un cambio de turno en tu cabeza. Es cuando vienen a trabajar la esperanza perdida, el sueño imposible, la ilusión rota, el recuerdo vago, la nostalgia idiota, el amor no correspondido, la pena tonta, el olvido deshonesto, la risa confusa, el titubeo maldito, la postura equivocada, el único momento en el que estuvimos solos. Fuimos juntos a la avenida principal. La calle estaba cortada y se podía bailar.

La orquesta tocó sus canciones una tras otra. Las parejas que se formaron mucho tiempo atrás bailaban por primera vez, los niños tramaban entre las piernas de sus padres, los vecinos tiraban cubos desde los balcones, varios chavales gritaban. Todo empezó a dar mil vueltas. Fue entonces cuando me fijé en ella. La vi desenfocada y de perfil por culpa del alcohol. Miraba como si nada le importase, como si ella no estuviese allí. Hablaba por hablar y su sonrisa era fría. Me gustó que pudiese hacer todo eso mientras sus pies daban pasos cortos como un púgil en un combate de boxeo. No se trataba de un baile, era la búsqueda de la mejor posición para asestar un buen golpe, midiendo en todo momento la distancia mínima necesaria en caso de accidente.

Por aquellos días siempre andaba enamorándome por aquí y por allá. Podías verme en cualquier esquina mirando a todas aquellas mujeres que pasaban, cediéndoles el sitio en el transporte público, pidiéndoles un café para después dejar el cambio de propina. Les daba información concisa sobre cómo llegar a una dirección cuando me preguntaban por la calle y dejaba que ellas entrasen primero al entrar por una puerta. Me enamoraba mucho, un buen día podía enamorarme de siete u ocho mujeres. Pero siempre lo hacía en estricto silencio, siempre apartaba la mirada si ellas se daban cuenta. Así que lo que me estaba ocurriendo aquella noche solamente era un enamoramiento más, podía pensar durante unos minutos cómo sería el beso, podía imaginármela secándose el pelo con una toalla al salir de la ducha, podía pensar en el color de su ropa interior o cómo sería nuestra relación tras tres o cuatro años. Pero pasados unos minutos yo bebería un trago y me olvidaría de todo, volvería a arrollidarme ante la imposibilidad de aquello, y volvería a buscar como un suicida emocional cualquier puente con nombre de mujer por el que poder tirarme.

Sin embargo aquella noche fue algo distinto. Ella sostenía un vaso en la mano y me miró, me sonrió y se acercó hacia mí lentamente. Pocas veces me ocurría eso, porque los acontecimientos que más se desean sin quererlos raramente suceden. Pero pude confirmar que se aproximaba cada vez más, y era hacia mí. Para ser rigurosos habría que quitarle bastante mérito a este hecho, ya que probablemente llevaba más de veinte minutos solo, con la boca abierta, inmóvil, bebiendo tragos muy cortos mientras la miraba fijamente, soñando en cómo sería quedar al día siguiente en el aeropuerto con ella.

Me dijo que me conocía, yo no sabía de qué. Me recordó un día en el que unos meses atrás coincidimos en un bar por otros amigos en común. Supe de que día se trataba porque alguien me insultó en la puerta del servicio, siendo yo culpable de ocupar durante mucho tiempo el baño. La persona que me increpaba tenía razón, aunque yo en aquel momento le cogí del cuello de la camiseta mentando a su madre. No puede uno ir al baño y ponerse a cantar mentalmente mientras piensa en todas las cosas inútiles en las que se puede pensar, cuando de lo que se trataba realmente era de hacer las necesidades y dejar el sitio libre para el que está esperando pacientemente su turno. La memoria de aquel desgraciado incidente me llevó a un recuerdo vago de ella.

Hablamos durante horas. La distancia entre los dos se acortaba a medida que avanzaba la noche, con una relación directamente proporcional entre los centímetros de menos y los minutos de más. Nos llegamos a dar la mano, nos llegamos a sonreír, pude fijarme en su espalda y en su culo sin recibir ningún reproche al ser descubierto. Todo iba bien. Y después fuimos a aquel otro bar. ¿Cómo se llamaba? No lo recuerdo, era muy tarde. Y el bar no era un bar, era una tasca clandestina, un guariche oscuro y sucio, aparentemente cerrado y por el que se entraba a través de una puerta trasera oculta en la oscuridad. Quedaba solamente allí gente sin nombre y sin familia pero de fuerte aliento a alcohol y tabaco negro, con ojeras profundas y con heridas abiertas. La chica que me acompañaba, sin embargo, sonreía. Conocía bien el sitio, me llevó a la trastienda donde una mujer cantaba con una guitarra. Todas las canciones eran antiguas y tristes, y no tardé mucho en sumarme a cantar con los ojos cerrados junto con el grupo de ladrones que estaba allí reunido.

Ella me dijo: La cantante te está mirando, y era cierto. Creo que le gustas, insistió. Y era cierto también. Quizás eso fue lo que le animó a levantarse e ir directa hacia la barra, pedir un par de bebidas y empezar a hablar con los camareros. Yo la seguía bien de cerca. Alguien pidió un vaso de agua y se lo tiró a otra persona, es cierto que hacía calor, pero eso formaba parte de una provocación que llevó a que todo el mundo comenzara a tirarse los vasos llenos por la cabeza. Los vasos llevaron a los cubos y los cubos llevaron a un pequeño simulacro de lluvia torrencial repleto de camisetas mojadas y zapatos encharcados. Ella y yo nos lo estábamos pasando muy bien, adivinando yo como estaba entre las transparencias de su ropa y adivinando ella como estaba entre la transparencia de mis ojos. Alguien nos apuntó con un barreño lleno hasta arriba de agua. Le dije: Sé dónde podemos escondernos. Nos metimos debajo de una mesa y los mechones de su pelo mojado me tocaron los labios. Me dijo: No podemos hacer nada, nos mojarán igual. Y al instante supe que tenía razón, miles de litros se colaron entre nosotros, nos vimos buceando, dando brazadas, buscando tierra en medio de aquel mar.

Sí, claro que lo recuerdo, después de todo aquello me contó que podíamos ir a su casa, que quería ver las estrellas desde la azotea, quería que las viésemos juntos. Y ver amanecer, había sido una buena noche de agosto, nos lo habíamos pasado muy bien en las fiestas del barrio, podíamos ir allí juntos y sentarnos, y después desayunar, no hablamos de dormir, pero en algún momento aquello tendría que pasar también, más después de ver cómo aparece el sol en el horizonte y cómo se tiñen sus dientes al tomar café. Estuve de acuerdo en todo aquello y antes de salir de allí me disculpé para ir un momento a peinarme delante del espejo.

Tardé tan solo unos segundos. Pero al darme la vuelta no había nadie allí. Y al salir a la calle no vi rastro de aquella chica. Ni al doblar la esquina, ni tampoco al fondo, ni dentro de ningún coche aparcado, ni al mirar hacia arriba en alguna ventana. No vi ningún portal encendido, ni ninguna sombra bajo una farola, ni oí algún ruido de pisadas. No había nadie allí, solamente quedaba yo.

- Y eso es lo que ocurrió. No ocurrió nada. –Sonreí.

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