Autorrevelado.

La escena, tal y como la recuerdo, tal y como la imagino, estaba escasamente iluminada. La poca luz provenía del foco de un proyector que en la pared reproducía imágenes de bonitas playas  de kilómetros de longitud, con mucho sol, muchas palmeras, arena blanca, cientos de destellos sobre el agua. Las imágenes parecían grabadas con alguna videocámara antigua, se podía apreciar que la imagen estaba gastada, vieja, sin brillo, con marcas y manchas que se dejaban ver de forma aleatoria.

Una mujer permanecía inmóvil un paso por delante de la pared en la que se reflejaban los fotogramas, interponiéndose en el camino del haz de luz del proyector.  Su postura era sugerente, los brazos flexionados por detrás de la cabeza, como una modelo de lencería en una sesión de fotos. Su camisa estaba completamente abierta, ni un botón abrochado, una camisa con propósito vacacional, bien podía valer para tomarse un cóctel de forma despreocupada o pasar la resaca con unas gafas de sol. O para tomarla prestada de un amigo, quizás la camisa que compra un amante para después ofrecerle a su conquista con el fin de alejarla del frío tras hacer el amor. Dejaba ver sus pechos de forma despreocupada, eran dos tetas perfectas, prometo no haber visto unas tetas iguales, de piel suave, de tamaño perfecto, de postura ideal, de simetría idílica. Tan bonitas eran que ni siquiera llegaban a contagiar un ansia desmesurada por devorarlas antes de que se les ocurriese desaparecer, si no que invitaban a una observación tranquila y paciente de las mismas, una degustación visual lenta que sin duda alguna se podría disfrutar mejor tumbado boca arriba sobre una cama, tal y como yo me encontraba.

Tenía el pelo rubio, media melena, un corte de pelo quizás un poco pasado de moda, nunca estudié el catálogo de una peluquería o una tienda de pelucas. Pero sé que me recordaba a una de esas actrices americanas de las películas de los años noventa. Podría decir que le llegaba por debajo de las orejas, y que su peinado estaba perfectamente ahuecado desde la coronilla hasta la puntas que rozaban su cuello en forma de U.

En otro momento, no sé si antes o después, hablé con ella. Me dijo que le había parecido muy divertido. Yo le dije que no había tenido una gran noche, que hacía tiempo que no tenía una gran noche. Ella me dijo que qué tontería, me había visto responder a una persona en el bar y le había parecido una forma muy original de hacerlo, nunca había visto a alguien dar una respuesta así. Estuvimos hablando, y con una sonrisa me dijo que no fuese tonto, que no paraba de fijarse en todas mis reacciones, por dónde caminaba en aquella casa, y luego en aquél bar, y que se tuvo que tapar la boca y las carcajadas cuando vio cómo hablaba a aquella otra persona muy deprisa para que esa misma persona no me pudiese entender. Me besó, hicimos el amor, no sé si yo le abrí la camisa o si ya estaba abierta. Si la abrí yo juro que no lo recuerdo, y creo que pudo ser la emoción, que de tan grande, tan adolescente, hizo que las células encargadas de atar aquél recuerdo se matasen entre ellas, una especie de crimen pasional por saber quién se quedaría con el botón de arriba, quién fue la que primero tocó su ombligo.

Me dijo en qué trabajaba, había hecho carrera para ser abogada pero llevaba unas semanas en una empresa de consultoría, dedicaba ocho horas al día a hacer consultas a una base de datos, su trabajo no era sexy, ella lo sabía, ella no sabía que para mí su camisa abierta podía resultar tan sexy, pero yo sí que lo sabía. Hablamos en la cama, hicimos el amor todo lo que quisimos, y de vez en cuando se levantaba y me dejaba mirarla con la camisa abierta, como si yo fuera su fotógrafo de moda, su pintor, su marido en la noche de bodas, su ataque de locura, su médico. Después se sentaba en el borde de la cama, y me volvía a hablar de esa manera que tiene la gente cuando sabe que se va a ir en un rato, que no va a volver nunca más, con esa sonrisa que en otra ocasión bien podría haber esperado años después de conocerla. Quiso dármelo todo, con muy pocos pretextos, sin ninguna explicación.

Todo porque era un sueño. Porque al despertar ya se había ido.

1 opiniones:

Hey! Jony, sigue escribiendo. Yo prometo leerlo. Gracias! Abrazo,
Tol