Inquilina. Has pasado el tiempo suficiente en este rincón. Encendí una luz en medio de la noche para sentirme menos solo y te colaste como una mariposa por la ventana abierta. Hacía mucho calor, yo no lo soportaba, pero te quedaste revoloteando por el techo, y yo me acordaba de ti cuando tus movimientos hacían tintinear el cristal de la bombilla. Y yo pensaba: con todo este calor como puede ser que siga aquí como si nada. Fuiste bajando por las paredes, deteniéndote durante intervalos de tiempo que nunca eran cortos pero tampoco se podían medir como largos, mirándome desde cualquier recodo, y no me importaba que estuvieras ahí, observando las fotografías que yo tengo colgadas en la pared con un gesto distraído. Sí, realmente haces del gesto distraído una disciplina. Puede ser que nadie lo maneje como esa mariposa, que una vez me rozó la boca cuando yo andaba buscando su especie en una enciclopedia. Maldita sea, no figura en ningún tomo el dibujo de sus alas. Da igual, es imposible, así que me compré un cazamariposas y me puse a saltar como un loco de la silla a la cama, de la cama a la mesa, de la mesa al suelo, con un tarro en la mano. Ya me viste como se me escapaban las ideas por las noches, como mandaba palomas mensajeras con palabras inyectadas de silencios repletos de sentido. Al final, la convivencia fue tan larga, que se creó una especie de nueva conexión entre nosotros, con una frontera muy difusa entre el cazador y el cazado, entre invasor y propietario. Digamos que llegamos a un acuerdo tácito, en el que el cincuenta cincuenta era el santo y seña. Una vez, recogí todo aquello para que aparentara algo más ordenado, y doblé mis camisetas, recogí mis libros y tiré bastante basura. Pasé un trapo húmedo, froté una mancha en la pintura, usé el aspirador para absorber el polvo. Lo mejor fue todo lo que me encontré, como por ejemplo tres linternas. Ahora las tengo cerca de mi cama para que te acerques cuando estemos en un sitio sin luz. Lo mejor es recordar tu cara cuando puse aquella canción en alto, sabiendo que ya te recordaba a mí. Lo mejor, sin duda alguna, es saber que nunca te irás de mi cuarto, ni de mi estómago.
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