Suave, Seda.

En secreto, y sin llamar, pasé a través de su piel y me alejé de todo, dejé de oír el sonido de los cláxones, y todo se convirtió en una vida roja, puesto que como ya habrás entendido, estoy sumergido en su propia sangre. Vivo al ritmo de su torrente sanguíneo, contento. Tomando la curva de seda y sin peraltar que va desde debajo de sus costillas hasta su cadera, y cuando salga despedido echaré a rodar por sus piernas, disfrutando de cada golpe en cada vuelta de campana. Y cuando se me rompan los vaqueros, cuando se me caigan todos los dientes, cuando tenga tres puntos en la ceja, dejaré que me cuiden sus pies un rato, hasta que, encendido por la emoción corra escaleras arriba para tirarme por la pendiente de su espalda, con los brazos tendidos hacia el cielo que nos cubre y mi cuerpo entero girando por completo. Así fue como entré por la puerta del parque de atracciones que era su sonrisa, así fue como ella se convirtió en el centro de mi levedad, porque la gravedad, si te lo propones, no existe.

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