Y salgo a la calle de madrugada, y la penumbra me hace entornar los ojos. Con la mano a modo de visera, me dispongo a encontrar la dirección correcta. Hay un cincuenta por ciento de acierto, un cincuenta por ciento de fallo. Yo prefiero pensar que tengo X -¡por cierto!- de aciento. Acostumbro a equivocarme, a escoger el camino no alquitranado, el que en los cuentos está lleno de maleza y bestias sin nombre. Acostumbro a internarme en un bosque con arañas como puños, para luego darme cuenta de que, pequeño, lo estás haciendo mal. Acostumbro a girarme y sonreír por causas de fuerza mayor, a darme la vuelta. Acostumbro a volver al punto de partida para coger esta vez la bifurcación correcta, esa que en los cuentos está llena de casas de chocolate y ardillas que cantan canciones. Por eso presumo con mi ego de explorar el cien por cien de cada interrogante que me encuentro. Ahora soy un peregrino, recorriendo todos estos bulevares repletos de destellos amarillos. Pero a mí el alcalde no me engaña, una farola no es ninguna estrella. Vaya maratón me espera, sin público ni avituallamiento. Sin refugio de montaña para la lluvia ni cortavientos para el frío. Desde un balcón una señora se asoma y me llama ¡valiente!. Ok señora. Desencajo los pulmones de sus goznes para poder correr a pecho descubierto. Que me entre todo el CO2 que lamen los gatos bien dentro. Las moléculas de etanol que llevo en los bolsillos se largan en un taxi con mi dinero. Iros todos a tomar por culo, me da igual. Me diagnostico una decepción de caballo y me aplico una terapia que consiste en derrapar sobre la acera mojada. Un señor se asoma por una terraza y me grita ¡así avanzas más lento!. Ok señor, pero estoy derrapando y me gusta. El caucho de mis suelas rechina contra el cemento y despierta a cien pingüinos, que duermen apretados en una marquesina esperando el L2. Les pido disculpas, nos hacemos amigos y me dicen "te acompañamos...¿cómo dices que te llamas?". Doy mi nombre falso como siempre. Me dicen que tienen un grupo de funk y nos ponemos a menear la cabeza bajo el ritmo de las cuatro cuerdas del bajo. Y ya me sale esta risa que tanto me gusta, esa que me desencaja la mandíbula, ese pregón sencillo y contundente que hace temblar al monstruo de debajo de tu cama. ¿Por qué? Porque ya veo el final de mi paseo, porque ya oigo las voces, porque estoy a punto de enchufarme a tus doscientos veinte V. Justo cuando me quedaba sin pilas.
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