Pecado Capital.

Con toda la niebla de Londres en la cara, intento combatir el apagón de Nueva York en mi cabeza. Arde Paris, y siempre nos quedará, pienso, mientras alunizo mi propia razón. Pero es imposible derribar este Muro de Berlín porque hay una crisis de los misiles en La Habana. Me da miedo el ron de San Juan, con su bandera de Puerto Rico. Rico no, millonario de Abu Dabi. Añoro cenar con vino de Oporto. Durante un bocado al reloj astronómico de Praga, imagino la marcha de las flores de Lisboa y fumo en un coffeeshop de Amsterdam. Hablo con un estudiante de Brno que parece un gladiador de Roma. Y no soy ninguna estrella de Los Ángeles y estoy arruinado como en un casino de Las Vegas. Me lavo la cara con jabón de Marsella. Padezco el Síndrome de Estocolmo en mi cama, que rima y se asemeja al desierto de Atacama. Contrarresto el frío de Copenhage deleitándome con la Filarmónica de Viena, y con un chocolate suyo también. Te escribo 'llévame un día a un hotel de Bali, podemos hacer surf en las playas de Waikiki y ver la estrellas entre las piedras megalíticas de Stonehenge'. Si me dices que no, no voy al desfile militar de la Plaza Roja de Moscú. Un chico llora porque su novia está de Erasmus en Bruselas. Ella orgasmea con un camarero de Edimburgo. Seguro que doy en el clavo, como un sabio de Atenas. Y parafraseando a mi cantante preferido, 'voy a quedarme sentado en el Meridiano de Greenwich, dejando colgar las piernas'. Pensando, una vez más, y otra vez más, que la 'búsqueda es eterna' y que aquí, el sitio en el que vivo, no hay ninguna capital.

Soy El Principito, y vivo en el asteroide B 612.



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