Rodajas de sandía, piñas, cerezas, naranjas, manzanas, fresas, limones, campanas y un símbolo de BAR. Los rodillos de la máquina tragaperras no paraban de girar sobre su eje anunciando miles de premios cada segundo. Con todas esas bombillas incandescentes (¿indecentes?) reflejándose en el vidrio de mis ojos, que devuelven los cantos de sirena en forma de pequeñas galaxias volátiles que no figurarán en los libros de historia. Y yo tampoco. Por eso me permito hacer apuestas simples, dobles, triples y quíntuples. Para que los dígitos rojos del 'display' se mezclen con mi aliento a cerveza. Los mismos siete segmentos LED que conforman el nueve rápidamente pasan a edificar el cero. Yo mandaba a tomar por el culo toda esa coreografía. Del infinito a la nada cuando al azar le apetezca. Si yo no dependo de mis actos, entonces es que nadie depende de sus actos. Entre moneda y moneda perdida, vomité dos veces tu ausencia. Mejor, las cosas son menos importantes cuando te pones la ropa del revés, y el estomago del revés, y los ojos del revés, y la piel del revés. Entre avance y avance, me adorné con ron y terminé pálido y despeinado. Podemos aprovechar la pausa para que todos me maquilléis con vuestros ojos cansados, con vuestro pelo alborotado, con vuestros dolores de piés, con el polvo de vuestros pantalones y con vuestros daños colaterales. En general, me veo mucho más guapo así. Y ahorraros las agujetas, que yo ya las tengo de tanto reír.
Estaba dando una vuelta en el parque, pegando patadas a las hojas caídas del otoño, porque os echaba de menos.

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