Sentimiento.

Póngase cómodo, relájese, respire, olvide sus tribulaciones. Es bien sabido que cuando una mujer le relata lo que ocurrió una noche entre ella y ella por debajo de sus bragas uno tiene el derecho a revivir entre él y él lo ocurrido el resto de su vida. Se puede luego hablar de esto de cualquier manera, por ejemplo entre gritos y algarabías, palmadas y risas, golpes en la mesa y sorbos de cerveza que corren por las comisuras de los labios. Si usted se reúne con otros seres de su mismo sexo y condición verá que en estas ocasiones se acostumbra a vitorear al interlocutor, a reír el Aleluya final del que inició el discurso, prosiguiendo después con saltos y sacando en brazos al afortunado perdedor. No siempre es así, pero así debería ser. En estos casos está permitido el uso de sinónimos jocosos como la trucha, el meneo, la gayola, la perita, la makuka, y otras cien palabras más que desembocan en un único mar: la universal y única, la sempiterna Paja. Pero volviendo al tema que aquí nos ocupa, si de viva voz se atrapa el relato de lo que hizo una de ellas, una mujer, lo correcto es proseguir con discreción, con respeto, con miradas educadas hacia todos lados, aunque lo que se experimenta es un ardor de treintaisiete grados a la sombra, un temblor de rodillas, un ensimismamiento profundo que quita las ganas de comer, una flojera en los brazos, una vibración de la mandíbula, una inquietud difícil de resolver que le llevará primero a ir encogido por la acera para terminar después reptando por las escaleras que le llevan a casa. Una vez solo en su hogar lo mejor será cerrar la habitación, quitarse la ropa y sentarse en la cama que lleva sin hacer una semana. Es esta la mejor práctica cuando el corazón se le sale del pecho sin llegar a entenderlo del todo y el sudor le baña entero en un subir y bajar de montaña rusa. Mi recomendación es que hasta este punto no es necesaria ninguna cosa más, aunque se sabe de gente que opta por tener cerca un buen bote de crema hidratante y algo con lo que eliminar el naufragio que está a punto de suceder. En estos casos siempre pienso que si donde se encuentra uno es en un desierto lo mejor es actuar como si se estuviera en ese mismo desierto, es decir, con nada alrededor, cambiando la arena por unas sábanas que pronto deben ser cambiadas. Y aquí se puede poner el punto de partida en, digamos, una mano que le tocó la última vez que la vio y le provocó un estremecimiento a lo largo del cuerpo, le hizo estirar la columna y sentirse en el frente de guerra justo antes de un enfrentamiento, pudiendo así masticar la adrenalina cuando se pasa a pensar en aquella habitación a oscuras en la que no debía pasar nada y en la que nada ocurrió a ojos vista pero que, sin embargo, se vivió como un viaje improvisado a un sistema nervioso desconocido hasta entonces. Se debe siempre recordar el rostro de la otra persona a media luz, y aunque en esos momentos todo por dentro se ablande, lo adecuado es mantener la actitud del hombre decidido que anda solo por la calle. Sujételo con firmeza y determinación, sin dejar que el vaivén de la nave le atore. Dibuje la silueta de sus pechos y fíjese en cómo se recorta el perfil de la camiseta sin sujetador contra la pared del fondo. Siéntalo lo más próximo que pueda, lo más próximo que se quedó de besarla, y saboree la clavícula, el tendón del cuello, el trozo de costilla, el poquito de su hombro que tomó. Haga malabares con las caricias, empezando con tres y terminando con cuatro o cinco, las que pueda recordar, todas seguramente, no me cabe duda. Tire del pelo con suma delicadeza, no vaya a hacerla daño, y empiece a dar vueltas en la cama sin vergüenza aunque por ahí venga el incendio a consumirle entero, desde debajo de la cama, desde la ventana abierta, desde el agujero en su cabeza. Permanezca en ese Nirvana y piense cuál es la naturaleza de todo ese deseo, si es por algo que deseó y no ocurrió, o por algo que deseó y ocurrió, o por algo que desea y ocurrió a medias. Si resulta ser la última razón la causa de sus actos créame que se encuentra usted en el peor de los infiernos. Por caluroso, no por indeseable. En ese caso cierre usted los ojos y sonría puesto que lo que está por venir es enorme. Vaya directo a por ello. Tiemble. Tiemble. Tiemble. Córrase en silencio. Deje más silencio. Abra los ojos poco a poco y vea todas las burbujas de colores que bailan a su alrededor. Déjelas explotar. Relájese, póngase cómodo, recuerde sus tribulaciones y dígase: Todo esto estuvo muy bien, mas turba el sentimiento.

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