Holístico.

Él está sentado en el borde de la acera, fumándose un cigarro para pasar el rato. Como el que espera a que pase puntual un bus que sabe que no va a pasar. Pero espera. Y de vez en cuando coge una piedra a sus pies y se la tira a los pájaros que están en su cabeza. Maldita sea, ni se inmutan. Permanecen quietos, de vez en cuando mueven la cabeza de lado a lado y encogen el cuello, y las plumas se ponen de punta. A veces se giran y le miran a la cara, y él las mira a los ojos con una mezcla de expectación y calma inquieta. Pero pronto dejan de prestar atención, dan dos o tres pasitos y pegan un pequeño picotazo al suelo. Otra vez no quieren volar. Se sujeta y piensa: "Ya llegará". Pero las echa de menos, mucho, cuando piensa en cómo él se deslizaba a la velocidad del sonido encima de unas alas que se movían rápidas. Y cuando ellas amanecían en su ventana con gritos, preguntando: ¿Bajas a la calle?. Y él siempre bajaba. Y ahora es él el que, como ya he dicho, espera en el borde de la acera con ganas de ser dos en uno. Y aunque es paciente, hay dos o tres lagos de aguas estancadas. Quizás la tinta se desborde, lo inunde todo y mande al olvido los nuevos diques. Pero que rabia da, cuando el bolígrafo no quiere escribir, cuando por muchas veces que repasas una letra simplemente queda una huella, sin nada de química que de fé de que has estado allí.