Lo tildaron de catástrofe. Los rotativos pronto encontraron un nombre sensacionalista para todo aquello: "El Efecto Potencia". Se sucedieron los suicidios colectivos en las granjas de las afueras. A medida que los días pasaban, los grandes dirigentes infartaban dejando sus despachos vacíos de decisiones. Los expertos en materias abandonaron los comités de sabios metiendo su vida en auto caravanas, huyendo bien lejos de las reales academias. El mundo se encontraba hospitalizado, con tratamiento intensivo, huérfano de algún habitante en un estado mental aceptable. Las paredes de todas las casas estaban pintadas con obsesivas frases que se repetían una y otra vez, esquizofrénicas. Resulta que la causa del mayor desorden conocido hasta entonces fue que un chico pequeño, mientras asistía a clases de matemáticas, mientras miraba a su compañera de pupitre, hizo la metamorfosis a todas las leyes que regían el universo explicado. Fue casi sin quererlo, aunque el chico alguna intención sí que tenía. Todas las potencias de dos, indistintamente de cual fuera el exponente, pasaron a tener un mismo resultado. El dos. De esa forma, dos elevado a dos dejó de ser cuatro, pasando a ser dos. Las calculadoras, como por efectos de magia negra, ignoraban sus propios circuitos y siempre respondían con un dos al símbolo del igual. Los libros de las múltiples ciencias aparecían desteñidos, con manchas, con las hojas arrancadas en todas las referencias a este cálculo numérico. Los planes educativos se convirtieron en fiestas de carnaval. Pasado el tiempo las ciudades no habían podido resolver el absurdo. Pasado dicho tiempo la chica del pupitre (que siempre fue más de prosa relatada) se acercó al chico (Adán de una nueva arquitectura física) y le preguntó el por qué de un dos como único resultado a la potencia, ya de por sí una operación de lo más inofensiva. Y él, firme candidato a paciente de Kafka, respondió la cuestión casi telepáticamente. Bastó el hecho de que primero la mirara a ella y luego se señalara a sí mismo para que la chica, con una cándida mirada, lo entendiera.
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