Quicio.

Entre sus cuatro esquinas, él investiga decenas de perfiles diseñados para llamar su atención. Aunque en un primer momento lo pasó de largo, al final se decidió por Dj Shadow. Sus amores susurran histéricamente 'Mutual Slump' cerca de él, muy cerca de él. Repeat. Sigilosa ansiedad. Repeat. Discreta locura. Repeat. Va a escucharla hasta modificar la definición de tímpano. Unos donan sangre, él dona su Órgano de Corti. En un folio retrata el silencio de su cabeza. En otro pega la fotografía del frío de noviembre. En otro esculpe un plan para que ambos se conozcan. “Se van a llevar bien”. En común tienen la gama de grises. Él continúa con el teletransporte del viernes, desbaratando el tiempo y el espacio, aunque nunca haya trabajado en la Oficina de Patentes de una ciudad suiza. Él se desnuda. Dobla su suéter de forma meticulosa. Utiliza su camiseta blanca como bandera tendiéndola en la cuerda. Los vecinos piensan que por fin airea su rendición. Se desabrocha el cinturón para que sus vaqueros salgan a correr por el pasillo. Se quita las botas de astronauta manchadas de polvo estelar. Esconde sus calcetines para encontrarlos dentro de tres meses follando bajo la mesa. Sólo se queda con la ropa interior. Él busca el periódico del trece de mayo de dos mil nueve, lo coloca con cuidado en la bañera, pone el tapón y abre el grifo que tiene un círculo rojo. Se mira en el espejo, esperando que el vapor lo cubra todo y elimine su cara de Peter Parker cuando no es Spiderman. Se zambulle en todos esos árboles talados, en toda esa tinta, en todas las tazas de café de un redactor jefe que esperó el cierre de edición. Y comete su pequeño golpe de estado, ese que lleva tramando tanto tiempo. Humedece los sucesos trágicos, destiñe las esquelas, empapa el horóscopo de Virgo, ahoga a políticos y reyes, oxida los trofeos de los deportistas, sumerge cabezas de famosos, chapotea con toda la rutina de aquél día. Destruye ese miércoles dejando que el agua deshaga las hojas de papel, corrompiendo la memoria, cavando un hoyo hasta Australia en el calendario. Una vez limpio, se lava la cara con el sudor de la noche anterior y se dirige a la cama. Se quita los calzoncillos sin vida. Fuerza la lavadora en marcha para meter su propia piel. Enrolla todas sus arterias y sus venas en bobinas de cable. Introduce en la nevera todos sus músculos, al lado de los yogures. Sacude sus pulmones y lava su estómago. Desencaja sus huesos y los mete en cajas de nácar que apila con escrupuloso orden. Abre la cremallera del vestido rojo de su órgano central, acercándose por detrás, lentamente, besando sus orejas, su cuello, recorriendo sus vértebras. Sabe que va a hacer el amor con él, o con ella. Igual que Dios un corazón tampoco tiene sexo. Y la luz que atraviesa la persiana azul le hace ver que no proyecta ninguna sombra, que solamente es el vacío entre el colchón y las sábanas, que sólo es el renglón tachado de una historia que algún borracho escribió en una puerta, de un váter, de un bar de carretera.


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