Cochecitos.

Y esto te lo escribo a tí, pequeño. Porque en ese momento la cagaste, y mucho. Y está bien que te escribas esto a tí mismo con el fin de redimir tu culpa. Que ya llevas mucho cargando con ella. ¿Cuánto? Dieciséis o diecisiete años, un montón. Que si, que ya lo sé, que eras el ojito derecho de Doña Esperanza, o Doña Rosa, o Doña Manoli, no lo recuerdas muy bien. Que si, que también sé que eras el que mejores notas sacabas, el que mejor dibujaba de clase, el gracioso y el mejor amigo de las niñas. Pero joder, estabas gordo. Estabas muy gordo. Y el sobrepeso impone un rol en el C.P. Portugal, ese colegio lleno de cabrones con mal despertar. Y aunque el chulito de la clase siempre fue tu mejor amigo, siempre habia algún fortachón, algún hermano mayor de la única niña a la que gustabas, algún filipino que no había cenado ayer o algún Rambito que te hacía irte llorando a casa. Que tú eras muy bueno, que si, pero también un poco tonto, porque solamente a tí Gabriel te podía vender una brújula militar por dos mil pesetas de las de entonces. Eran tus ahorros joder. Que cambiabas los únicos amigos de tu casa, los cochecitos con los que tanto jugabas, por cualquier mierda, por cualquier otro cochecito sin espíritu. Y tú lo sabías idiota, y aún así lo hacias. Que creías a tu madre cuando te decía “hijo, tú no estás gordo, lo que te pasa es que tienes el hueso ancho, como tu tío”. Y te quedabas tranquilo. Te lo digo otra vez, eras idiota. Por eso, y volviendo al tema, te repito que ese día la cagaste. La 'seño' simplemente estaría cansada de sus treinta y pico gilipollas, y te cogió a ti por banda para que salieses a la pizarra y apuntases los nombres de los niños que hablasen. Y te lo tomaste en serio, gordo de mierda. Bueno, perdona que te hable así. Pero es que ella seguro que se fue a mear al baño y se olvidaría de tí. Tú y tu estupido sentido de la responsabilidad y tu tripa llena de bambas de nata. Te levantaste temblando y borraste una esquina de la pizarra, y cogiste la tiza y mirastes al resto de tus compañeros de correrías. Y te convertiste en la vergüenza del sindicato de estudiantes apuntando todos esos nombres. Tú y tu tiza acusadora y tu barriga llena de palmeras de chocolate, ahí de pie, provocándoles. Y casi tiene que venir la maldita policía para salvarte, subnormal, que encendiste tú aquel motín que intentaste apagar anotando el nombre de toda la puta clase, correveydiles. Hasta el nombre de aquél filipino que seguramente tampoco cenaría la noche anterior. Y luego que pena me doy, que me tengo que ir con un ojo morado a mi casa, o con el labio roto, o con la moral por los suelos, o con el alma a pedazos, por aquello de “no me podía defender de Edison, el filipino, porque yo llevaba unos guantes para la nieve puestos”. Eso era mentira gordo, nunca supiste pegar bien. Y aunque fueses pequeño y tonto sabías perfectamente que un niño asiático moreno y con los ojos rasgados algo de artes marciales tiene que saber. Y si no sabe, hará como que si.

Pero, a pesar de todo, estuviste muy valiente delante de todos, con la cara roja y con todo el miedo que se leía en tus pupilas. Así que por todo eso, te perdono. Y porque ya tocaba.

Gordo, que siempre serás un gordo.

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