Esquinas.

Están ahí. Siempre están ahí. Soportando el peso del paso del tiempo. Sobreviviendo a vidas y a muertes. Presentes en tiempos de guerra, inmóviles, incapaces de esquivar el disparo de un francotirador. Con muescas, grietas, desconchados, con piel de granito o de ladrillo, maquilladas por botes de spray. Cobijo para putas, perros con incontinencia urinaria, gatos en busca del radiador de un coche recién aparcado, solitarios y olvidados, lágrimas, individuos invisibles, chicas que esperan a sus chicos abrazando sus carpetas, ciegos que anuncian sus cupones, chinos ambulantes que exponen cervezas, carteles de conciertos, anuncios para compartir piso, borrachos que necesitan resbalar por ella para alcanzar el suelo de lleno, quinceañeros que fuman su primer porro en grupo, parejas que follan en la calle sin pudor. Todos ellos son admiradores del ángulo recto. Todos ellos buscan verse amparados. Todos ellos saben que son las que posibilitan el eco de sus gritos. Y ellas son testigo de todo. Y ellas callan, y soportan heroicamente el día y la noche, el frío y el calor, el enfado o la alegría de quien pase por allí. Y ellas son principio y final, donde la figura empieza y termina. Y hacen falta cuatro de ellas para poner límite a esa cama que no era tuya. Y dan forma a todo, y ponen orden, y contienen el crecimiento y dictan el contorno, y dibujan caminos que siempre podremos tomar, a libre albedrío. Porque sin ellas todo sería una larga línea recta, que recorreríamos sin más, sin cambios, sin recodos donde esconderse, sin vueltas a la manzana, sin marcha atrás, sin giros de 360º, sin parar, sin variaciones de ritmo, sin ostias, sin perderse.

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