Para el anónimo que odia el amor. Esta es una historia de amor cargada de no amor. Esta es una historia irreal cargada de realidad. Esta es una historia de azar cargada de destino. Como tú, anónimo. Como yo, que tengo nombre, probablemente falso.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-¿Perdona?
-Me he debido equivocar de número, lo siento- Y colgó el teléfono.
Hace ya bastante tiempo que empezó a recorrer el mapa de su país sólo con su teléfono móvil. Hace ya bastante tiempo que sanea las cuentas de las operadoras de telefonía móvil. Hace ya bastante tiempo que se convirtió en una biblia de ofertas de fin de semana y módulos de ahorro, tarifas descuento y promociones estivales, portabilidades y nuevos aparatos de comunicación inalámbrica.
Más concretamente, desde que salió aquella noche de marzo con sus amigos. Aunque celebraban la despedida de la segunda semana y la reconciliación con el viernes, él ahora cree que salió para encontrarse con ella.
En las historias de un chico y una chica, todo es completa rutina. Todo está inventado. Siempre ocurren coincidencias inexplicables, siempre irrumpen señales atractivas, siempre se escriben giros inesperados de guión. Al principio, los enamorados piensan que la novela que tienen entre manos es única y especial. Luego asumen que es un cuento normal, aunque bonito. Más tarde se aburren con ella como si fuera la película de después de comer. Por último lloran con el final de la fábula que ellos mismos han escrito.
Sólo unos pocos saben criogenizarse a tiempo. Bien puede ser un matrimonio de Cáceres celebrando sus bodas de plata, bien puede ser Walt Disney.
Volviendo a nuestro protagonista, mientras os contaba esto ya la ha visto. Me refiero a la chica que sale de la tarta de aquél viernes y con la que se va a querer congelar vivo.
Trato de cambiar el sentido normal de las cosas. La gente me cuenta y me dice que sus relatos tienen un planteamiento lleno de sentido, un desarrollo sencillo y un final triste. Yo escribo esto y he escogido un planteamiento sin sentido, un desarrollo difícil, y un final feliz.
El chico que conoce a la chica se llama Kim porque yo estoy azuloscurocasinegro.
Planteamiento sin sentido. Nada más verla, Kim se enganchó a ella.
Desarrollo difícil. Kim se acerca a la chica (su nombre es irrelevante porque se lo va a hacer pasar muy mal a Kim) para hablar con ella. Ella pasa bastante de él. Probablemente tiene novio o lo acaba de dejar con él o es noche de chicas o se siente fea o la música no le gusta o todos los tíos son unos cerdos o ha suspendido un examen o vete tú a saber. Pero como yo decido lo que va a pasar, una cosa está clara, Kim le hace gracia. Aunque ella no se lo vaya a demostrar esta noche. O quizás sí. Kim le pide el número de teléfono. Ella no se lo da. Él no se rinde. Como un auténtico calzonazos paga una copa de vodka con naranja para ella. Ella lo acepta y le da una cifra de su número de teléfono. Para ser más concretos el primer dígito. Un seis. Kim piensa que se está riendo de él, pero la quiere y no se rinde. Pregunta:
-¿Qué puedo hacer para completar tu número?
Ella bebe un sorbito de su copa y mira a Kim con ojos traviesos. Comienza a olvidarse de sus amigas, borrachas. De hecho su mejor amiga se está enrollando con un mazado. Ella contesta:
-No sé, prueba a ver.
Kim es torpe. No es Hugh Grant. No es ingenioso. No es gracioso. No es feo, pero tampoco guapo. No juega al fútbol. Se cansa corriendo. No saca buenas notas. Tiene barba de tres días. Viste un poco mal, siempre lleva la misma ropa. Pero es extraordinariamente cercano, natural y sincero, piensa ella. Por lo menos esa ha sido su primera impresión. Kim la caga, y solamente se le ocurre comprar una rosa.
-Chico, yo por esto no te doy ningún número. Pero bueno, te diré que el cuarto dígito no es un cuatro.
Kim se olvidó de sus amigos, borrachos. De hecho su mejor amigo se está liando con una modelo. Él contesta:
-¿Y si te digo que, pase lo que pase, sé que voy a terminar contigo?
Ella bebe otro sorbito de su copa y mira a Kim con ojos de pena. Pero por ingenuo, por tonto, por suicida y por no original decide darle dos números más, el tercero y el octavo. Kim va al baño, se mira al espejo y decide no tirar la toalla. Al volver, la busca en la pista y sin contemplaciones suelta:
-Mi película preferida es (a gusto del lector). Mi grupo preferido es (a gusto del lector). Mi libro preferido es (a gusto del lector). Mi madre se llama (a gusto del lector) y sin duda, lo que más detesto en la vida es (a gusto del lector).
Ella bebe un sorbito de su copa y mira a Kim con ojos de sorpresa. Coincide en absolutamente todo lo que ha dicho el maldito niñato. Esta vez se lo ha ganado, le escribe a Kim en el brazo la sexta cifra de su teléfono. Con pintalabios. Por primera vez en toda la noche, consiguen relajarse un poco y entablan una conversación normal. Sin estupideces ni hundimientos de petroleros. Pasa una hora, dos horas, tres horas. El dj pone pajaritos y las luces del garito se encienden. La noche ha terminado. Kim, convencido de su victoria, pregunta:
-¿Me das tu número de una vez? No creo que sea para tanto.
Ella esta noche no va a dejar de ser una mala mujer. Está convencida. Además su mejor amiga está vomitando en algún lugar. Dice:
-Ni en broma. El desarrollo de esta historia es difícil, está en las cartas. Pero tengo un buen día, te voy a dar el quinto número. Y no te voy a dar más.-Y ella coge a su amiga del sofá, sale corriendo y coge un taxi a casa. Y Kim está destrozado.
Y Kim se despierta la mañana siguiente con pena y con ansiedad. Pero ese día tiene una resaca muy mala y no hace nada. Y Kim se duerme pronto y se levanta al día siguiente mejor y sí hace algo. Kim piensa:
“A ver. Tengo el primer número, el tercero, el quinto, el sexto y el octavo. Un número de móvil tiene nueve dígitos. No tengo ni el segundo, ni el séptimo, ni el noveno. Hay diez posibilidades para cada posición. Y sé que el cuarto no es un cuatro. Hay nueve posibilidades para esta posición. No parece que me falten tantos”.
Y Kim coge una hoja sucia y escribe la siguiente operación:
Diez x Diez x Diez x Nueve = Nueve Mil.
Y Kim piensa ahora:
“Si quiero volver a hablar con ella, tendré que llamar nueve mil veces a números desconocidos. Eso se antoja como algo infinito”.
Y Kim es torpe, no es Hugh Grant, no es ingenioso, no es gracioso, no es feo, pero tampoco guapo, no juega al fútbol, se cansa corriendo, no saca buenas notas, tiene barba de tres días, viste un poco mal y siempre lleva la misma ropa, pero no tiene miedo al nueve mil veces infinito. Y desde ese día comienza a llamar a todos los números posibles, siguiendo en estricto orden cada una de las combinaciones posibles.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-¿Perdona?
-Me he debido equivocar de número, lo siento-Y cuelga el teléfono.
Y pasan (a gusto del lector) días. Y Kim sufre las consecuencias del orden. Se desanima y por un momento piensa en dejar de buscarla. Y Kim pasa (a gusto del lector) días muy jodido.
Pero Kim un martes se levanta y tira cuatro veces un dado, y apunta en la misma hoja sucia de antes los cuatro resultados de sus tiradas. Decide darle una oportunidad al azar y asigna en orden el segundo, el cuarto, el séptimo y el noveno número, completando así la serie de nueve dígitos que pueden dar al traste con su vida o pueden convertirle en la persona con más suerte del universo. Y muy nervioso coge su teléfono y presiona las teclas.
Y por fin llega el final feliz, gracias por tu paciencia, si es que has llegado hasta aquí.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-Si.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-¿Perdona?
-Me he debido equivocar de número, lo siento- Y colgó el teléfono.
Hace ya bastante tiempo que empezó a recorrer el mapa de su país sólo con su teléfono móvil. Hace ya bastante tiempo que sanea las cuentas de las operadoras de telefonía móvil. Hace ya bastante tiempo que se convirtió en una biblia de ofertas de fin de semana y módulos de ahorro, tarifas descuento y promociones estivales, portabilidades y nuevos aparatos de comunicación inalámbrica.
Más concretamente, desde que salió aquella noche de marzo con sus amigos. Aunque celebraban la despedida de la segunda semana y la reconciliación con el viernes, él ahora cree que salió para encontrarse con ella.
En las historias de un chico y una chica, todo es completa rutina. Todo está inventado. Siempre ocurren coincidencias inexplicables, siempre irrumpen señales atractivas, siempre se escriben giros inesperados de guión. Al principio, los enamorados piensan que la novela que tienen entre manos es única y especial. Luego asumen que es un cuento normal, aunque bonito. Más tarde se aburren con ella como si fuera la película de después de comer. Por último lloran con el final de la fábula que ellos mismos han escrito.
Sólo unos pocos saben criogenizarse a tiempo. Bien puede ser un matrimonio de Cáceres celebrando sus bodas de plata, bien puede ser Walt Disney.
Volviendo a nuestro protagonista, mientras os contaba esto ya la ha visto. Me refiero a la chica que sale de la tarta de aquél viernes y con la que se va a querer congelar vivo.
Trato de cambiar el sentido normal de las cosas. La gente me cuenta y me dice que sus relatos tienen un planteamiento lleno de sentido, un desarrollo sencillo y un final triste. Yo escribo esto y he escogido un planteamiento sin sentido, un desarrollo difícil, y un final feliz.
El chico que conoce a la chica se llama Kim porque yo estoy azuloscurocasinegro.
Planteamiento sin sentido. Nada más verla, Kim se enganchó a ella.
Desarrollo difícil. Kim se acerca a la chica (su nombre es irrelevante porque se lo va a hacer pasar muy mal a Kim) para hablar con ella. Ella pasa bastante de él. Probablemente tiene novio o lo acaba de dejar con él o es noche de chicas o se siente fea o la música no le gusta o todos los tíos son unos cerdos o ha suspendido un examen o vete tú a saber. Pero como yo decido lo que va a pasar, una cosa está clara, Kim le hace gracia. Aunque ella no se lo vaya a demostrar esta noche. O quizás sí. Kim le pide el número de teléfono. Ella no se lo da. Él no se rinde. Como un auténtico calzonazos paga una copa de vodka con naranja para ella. Ella lo acepta y le da una cifra de su número de teléfono. Para ser más concretos el primer dígito. Un seis. Kim piensa que se está riendo de él, pero la quiere y no se rinde. Pregunta:
-¿Qué puedo hacer para completar tu número?
Ella bebe un sorbito de su copa y mira a Kim con ojos traviesos. Comienza a olvidarse de sus amigas, borrachas. De hecho su mejor amiga se está enrollando con un mazado. Ella contesta:
-No sé, prueba a ver.
Kim es torpe. No es Hugh Grant. No es ingenioso. No es gracioso. No es feo, pero tampoco guapo. No juega al fútbol. Se cansa corriendo. No saca buenas notas. Tiene barba de tres días. Viste un poco mal, siempre lleva la misma ropa. Pero es extraordinariamente cercano, natural y sincero, piensa ella. Por lo menos esa ha sido su primera impresión. Kim la caga, y solamente se le ocurre comprar una rosa.
-Chico, yo por esto no te doy ningún número. Pero bueno, te diré que el cuarto dígito no es un cuatro.
Kim se olvidó de sus amigos, borrachos. De hecho su mejor amigo se está liando con una modelo. Él contesta:
-¿Y si te digo que, pase lo que pase, sé que voy a terminar contigo?
Ella bebe otro sorbito de su copa y mira a Kim con ojos de pena. Pero por ingenuo, por tonto, por suicida y por no original decide darle dos números más, el tercero y el octavo. Kim va al baño, se mira al espejo y decide no tirar la toalla. Al volver, la busca en la pista y sin contemplaciones suelta:
-Mi película preferida es (a gusto del lector). Mi grupo preferido es (a gusto del lector). Mi libro preferido es (a gusto del lector). Mi madre se llama (a gusto del lector) y sin duda, lo que más detesto en la vida es (a gusto del lector).
Ella bebe un sorbito de su copa y mira a Kim con ojos de sorpresa. Coincide en absolutamente todo lo que ha dicho el maldito niñato. Esta vez se lo ha ganado, le escribe a Kim en el brazo la sexta cifra de su teléfono. Con pintalabios. Por primera vez en toda la noche, consiguen relajarse un poco y entablan una conversación normal. Sin estupideces ni hundimientos de petroleros. Pasa una hora, dos horas, tres horas. El dj pone pajaritos y las luces del garito se encienden. La noche ha terminado. Kim, convencido de su victoria, pregunta:
-¿Me das tu número de una vez? No creo que sea para tanto.
Ella esta noche no va a dejar de ser una mala mujer. Está convencida. Además su mejor amiga está vomitando en algún lugar. Dice:
-Ni en broma. El desarrollo de esta historia es difícil, está en las cartas. Pero tengo un buen día, te voy a dar el quinto número. Y no te voy a dar más.-Y ella coge a su amiga del sofá, sale corriendo y coge un taxi a casa. Y Kim está destrozado.
Y Kim se despierta la mañana siguiente con pena y con ansiedad. Pero ese día tiene una resaca muy mala y no hace nada. Y Kim se duerme pronto y se levanta al día siguiente mejor y sí hace algo. Kim piensa:
“A ver. Tengo el primer número, el tercero, el quinto, el sexto y el octavo. Un número de móvil tiene nueve dígitos. No tengo ni el segundo, ni el séptimo, ni el noveno. Hay diez posibilidades para cada posición. Y sé que el cuarto no es un cuatro. Hay nueve posibilidades para esta posición. No parece que me falten tantos”.
Y Kim coge una hoja sucia y escribe la siguiente operación:
Diez x Diez x Diez x Nueve = Nueve Mil.
Y Kim piensa ahora:
“Si quiero volver a hablar con ella, tendré que llamar nueve mil veces a números desconocidos. Eso se antoja como algo infinito”.
Y Kim es torpe, no es Hugh Grant, no es ingenioso, no es gracioso, no es feo, pero tampoco guapo, no juega al fútbol, se cansa corriendo, no saca buenas notas, tiene barba de tres días, viste un poco mal y siempre lleva la misma ropa, pero no tiene miedo al nueve mil veces infinito. Y desde ese día comienza a llamar a todos los números posibles, siguiendo en estricto orden cada una de las combinaciones posibles.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-¿Perdona?
-Me he debido equivocar de número, lo siento-Y cuelga el teléfono.
Y pasan (a gusto del lector) días. Y Kim sufre las consecuencias del orden. Se desanima y por un momento piensa en dejar de buscarla. Y Kim pasa (a gusto del lector) días muy jodido.
Pero Kim un martes se levanta y tira cuatro veces un dado, y apunta en la misma hoja sucia de antes los cuatro resultados de sus tiradas. Decide darle una oportunidad al azar y asigna en orden el segundo, el cuarto, el séptimo y el noveno número, completando así la serie de nueve dígitos que pueden dar al traste con su vida o pueden convertirle en la persona con más suerte del universo. Y muy nervioso coge su teléfono y presiona las teclas.
Y por fin llega el final feliz, gracias por tu paciencia, si es que has llegado hasta aquí.
-¿Sí?
-¿Eres tú?
-Si.

1 opiniones:
Engancha, hasta el punto de no querer que llegue el final.
Hoy el amor no me parece tan mierda, tal vez no debería volver a mirar por la ventanilla del coche.
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