Corte y Confección.

Oh Dios. Si, te espero en la silla sentado lo que haga falta. Da igual, no recojas mi chaqueta, ya estoy yo pendiente de ella. No, no me pongo nervioso aunque tenga que esperarte treinta y cinco minutos viendo como llamas “guapas” a todas las mujeres que vienen a tu oasis para que les peines el pelo. Puedo hojear el 'In Touch' y el 'Cuore', para así querer ser Brad Pitt o Leonardo Di Caprio o Andrés Velencoso o Jon Kortajarena o Beckham o Hugo Silva o Kristen Stewart o George Clooney o (¿Raúl Arévalo?) o cualquier otro chico u hombre esbelto y atractivo del panorama internacional. No me importa de verdad, estoy viendo todos estos “aaargh!” y me estoy divirtiendo pensando que yo como mucho podría entrar en esta sección. Que no, que no me siento feo mujer, lo que pasa es que he llegado hasta dónde tú trabajas y me he mirado en esos espejos enormes que tenéis y me he visto como un pequeño chuchillo callejero, lleno de polvo y de barro, con los bigotes llenos de la porquería que olfateé en la basura y con los pelos estos, que parece que vivo bajo el guardabarros de un camión. Y ya puedo mirarte a la cara, porque por fin me toca a mí, que te miro con unos ojos que me pican como el papel de lija y unas ojeras que son la pista negra de la estación de esquí de mis pestañas. Y lo primero que me dices es “¿te vas a pasar la máquina, cariño?”. Oh tía, para ya, detén ese rollo que llevas conmigo porque sabes que me mata. Y llegas, y me tratas con todo ese amor, que coges mi cabeza de 'homeless' para ponerla debajo del chorro de agua caliente, a la temperatura perfecta. “¿Está bien, mi amor?”. No te puedo ni contestar mujer de Cuba, porque he decidido apretar los párpados muy fuerte y soltar todo el lastre de mi mente y ponerme a flotar como una bolsa de plástico bajo las corrientes de aire de un ventiladero del suburbano. Todo es tan poético y tan prescindible a la vez. Oh tía, me estás dando un masaje en la cabeza y me estoy volviendo loco, y luego me secas envolviéndome con una toalla y vuelvo a ser un perro pero con pedigrí, ahora soy el cachorrito de Scottex que se ha caído en el váter y que toda una familia de dientes cuadriculados viene a secar. Ya puedo anunciar papel higiénico al menos, aunque no sea Mario Casas. Y me preguntas que “cómo lo quiero”. Le digo que si se refiere al abrazo que necesito o al café que me va a poner mientras charlamos. Ella me dice que “no papi, que me refiero a tu corte de pelo”. Yo le digo que “me fío de ella”. Y ella me dice que “pues a la mitad, y así nos entendemos”. Oh tía, déjalo ya, lo ves todo tan sencillo y no pones ningún problema a nada y simplemente eres capaz de cambiar de página sin mirar atrás, sabes que admiro a la gente como tú. Sabes que detesto discutir con el peluquero el corte porque sé que al final va a hacer lo que él quiera. Y me empiezas a cortar hasta la mitad minuciosamente cada uno de mis pelos, y me dejas un rato tranquilo, porque sabes que no me gusta hablar con vosotros mientras trabajáis, porque yo me siento ahí para desconectar y no para tener una conversación estúpida, porque estoy disfrutando de la relación que tienen tu peine y mi piel mojada, porque estoy saboreando el contacto de tus tijeras frías con el lóbulo de mis orejas. Sabes que soy un poco extraño y me respetas así, y a mí con eso me conquistas. Y de vez en cuando te pones a recitar las letras de Antonio Orozco con tu acento cubano, o te das la vuelta para gritar algo ininteligible a la otra peluquera, la que cuando me lo corta me pongo triste porque no lo estás haciendo tú. Oh tía, que me llego a enfadar cuando te veo desde fuera del escaparate acariciando el cuello de otros. Córtame las patillas, cómo te voy a decir que no, y déjame que vibre al mismo ritmo que la maquinilla con todas las cosquillas eléctricas que me provoca. Si, por favor, echa a Emilio el encargado ya de aquí que otra vez se pone pesado con el tema de mi futura alopecia, que no quiero sus productos mágicos, que lo tengo asumido Emilio, que todos mis parientes masculinos juegan al billar con el reflejo de sus coronillas, que cuando venga el apocalipsis definitivo me rapo y me encierro en casa dos o tres años que pasaré de pie en la cornisa de la ventana pensando en si tirarme o no. Pero ahora Emilio hazme el favor de dejarnos en paz. Oh tía, mil gracias por decirme que “no pasa nada papi, que el que es guapo es guapo y punto, que yo te afeito la cabeza y tú sigues ligando lo mismo”. Deja de tratarme así, porque he venido aquí por tí, porque echo de menos a la gente como tú, a la gente que sigue sonriendo al día a día, que trata con amor a todo el mundo y que puede volver a encender una hoguera de confianza dentro de mí llenándome de calor. Oh tía, no te dí propina porque no tengo apenas nada, pero te escribo esto a tí por si algún día lo lees pensando que nadie piensa en tí, que nadie te valora. Yo lo hice, y si me llamas me ofrezco para que me pongas unos rulos, o unas extensiones o para teñirme el pelo de marrón mierda o para que me depiles las ingles. Lo que sea con tal de hacerte reír.

Porque los que no tenemos dinero para ir al psicólogo un martes nos cortamos el pelo y ya está.


1 opiniones:

es maravilloso... dan ganas de publicarlo en las paredes del metro, en las paradas de autobus y las contraportadas de las revistas...