Me llamo X. y soy un cazador furtivo de miradas.
Ahora estoy atrapado en un ascensor.
Lo llevo haciendo desde pequeño. Quizás fuera mi sordera. Quizás el hecho de que desde un principio era la gente la que me observaba a mí. Pronto aprendí que aquellos ojos eran mejores que cualquier conocimiento en una pizarra, que cualquier libro, cualquier dibujo o cualquier imagen en la televisión.
Me gusta observaros. En cualquier lugar. Frecuento las cafeterías 'Starbucks', los transportes públicos, los centros comerciales y las calles al anochecer.
Para mi cazar es fácil. Simplemente te miro desde que te fijo en mi objetivo. A lo lejos y a lo cerca. Te atravieso con la mirada con la mente en blanco y una cara ensayada. Tu intución no tardará en avisarte de que estoy allanando tu intimidad.
Mis presas son vuestras miradas, vuestras reacciones. Me las llevo a casa en una mochila que siempre llevo a cuestas. Adoro sacarlas y dejarlas encima de mi mesa, todas juntas. A veces son una decena. Si tengo suerte y voy a una manifestación, son muchas más.
Una vez en mi poder, no suelo colgarlas en la pared como si fueran cabezas de jabalí. O mariposas en un corcho. No, prefiero jugar con ellas mientras están vivas. Las más comunes, las miradas que no mantienen mi mirada, las convierto en miradas confiadas y seguras. A las miradas tristes les cuento chistes o famosos monólogos para hacerlas reír. A las miradas cansadas les digo “take it easy”. A las miradas ignorantes les leo libros todas las noches, y las dejo dormir.
Solamente dejo libres las miradas alegres, las menos comunes, los tesoros de la ciudad.
Escribo esta nota porque lo único que no puede hacer un cazador de miradas es mirarse a si mismo. El ascensor de mi casa no tenía espejo, hasta que decidieron cambiar el modelo esta mañana. No lo tuve en cuenta al meterme.
El espejo me ha devuelto lo que soy. Tengo la mirada cada vez más entumecida. Y el resto del cuerpo solamente existe con mi mirada. Quedaré congelado.

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