Mi amigo Iggy es un astronauta... que no necesita ni oxígeno en el espacio. Porque lo único que necesita es su cabeza, a la que veinticuatro horas al día siete días a la semana le está exigiendo algo aún más genial, subir un escalón más en su infinita escalera de caracol o reinventar este mundo que para el resto de los mortales tiene menos color que para él. Algo así como tú y como yo, querido humano, en una de nuestras etapas de euforia. Con la diferencia de que él es capaz de mantener ese espíritu pase lo que pase, aunque le acechen monstruos con garras, frentes fríos con borrascas o meteoritos procedentes del interespacio. Porque si algo te preocupa y se lo cuentas, o si algo le preocupa y te lo cuenta, siempre concluirá con un “no te preocupes amigo”. Y pondrá esa cara de seguridad, y sonreirá para sus adentros, y se verá como en una escena mítica de Brad Pitt, y acto seguido se fijará en alguna cosa tonta, algo así como un modelo innovador de zumo tropical en el supermercado o un nuevo libro de un escritor kazajo. Y lo observará con pulcra atención, como un niño buscando barcos de vela en un libro de “El ojo mágico”. Y te hará esperar un rato interminable mientras descubre su barco en tres dimensiones, porque él no tiene prisa si su curiosidad chilla alto en su cabeza. Y dá igual que le digas “tío suelta eso ya, es una mierda”, porque él te dirá “¿no te gusta? Pues yo tengo ganas de descubrir lo que es”. Y se irá corriendo al siguiente escaparate o al siguiente puesto de fruta sabiendo que tiene que aprender de esto, de aquello y de eso otro. Y tiembla amigo, tiembla familia, tiembla novia...porque sabes que se va a sentar en una mesa, o delante de su ordenador, y de allí no le saca ni Dios. Porque él no apaga la luz hasta que se convierte en el mejor. Y yo siempre confío en él, porque siempre lo consigue.
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1 opiniones:
has hecho un blog???!! Ohhh mami!
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