Quitamiedos.

-¿No te gusta escribir historias?
-Si tienen un principio y un final, no.

Solamente en la mitad de algo. En la mitad de un trayecto de unas horas, viajando en un autocar, iban hablando del fin de la cita y del futuro, hasta que la mirada de él se escapa hacia el asiento de la siguiente fila.

No podía apartar la mirada, aunque fuese de una forma tan descarada. Tan solo eran unos pies de mujer que asomaban muy próximos al pasillo central. El resto seguía hablando, él ya no. Estuvo un buen rato corrigiendo la postura para ver en qué cara se apoyaban esos pies. Al fin la pudo ver.

-Me he enamorado. - Comentó.

Alguien contestó que eso era porque no se había fijado en su nariz. Una nariz con tabique de los que no gustan, los que nacen en una parte temprana de la frente.

Y no dijo que eso no le importaba. Olvidaría su cara, sus pantalones de pitillo con estampado azteca en blanco y negro, su móvil de última generación, la botella de agua que no paraba de abrir, las gotas que se echó en los ojos en varias ocasiones.

Solamente pensó en que tenía unos pies muy bonitos. Suaves, finos, medianos, egipcios. Llevaba tiempo sin ver unos pies así. Alguna vez pensó que jamás volvería a ver unos pies así. Se alegró de ver unos pies así.

Después se cambió con su compañero de viaje para ponerse detrás de ella, y se durmió un buen rato. A cincuenta centímetros de su espalda. Nada es por casualidad, nunca, al menos eso pensó.

Al bajar ella se fue a saludar a su familia. Él siguió su camino. Alguien le preguntó:

-¿Qué era lo que no parabas de mirar?

Y él no pudo contar que solamente flotaba en el esmalte rojo de sus uñas, en el que por efectos del brillo y el sol se reflejaban los quitamiedos de la carretera. Y entonces supo por qué le gustaron tanto. Y por qué tomar las curvas volvió a ser divertido, con aquellas medidas de seguridad que le salvaron la vida, al menos durante la mitad del camino.

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