Los ojos son menos precavidos que la boca, y teniendo en cuenta mi afán por inundarte con vocales, puedes imaginarte la altura de la habitación solo por el perfil de mi mirada, tan atrevida que solamente le falta un dedo silenciando tu boca, para decirte con un gesto que estoy aquí, que no me voy. Mientras miras por la ventana distraída, déjame contarte cómo se me despeina el pelo al pasar las hojas de este suspiro, el absentismo de mi nombre porque prefiere ir al concierto con un escalofrío, las curvas rápidas que toman mis neuronas cuando se aprenden una vez más tu tú, el deporte de mis palabras cuando estamos a solas. Y si no encuentras sentido a mis metáforas de San Valentín, mira otra vez mi mirada en blanco y negro. Y dime que no ves allí a un lobo que sigue a los rebaños que no paran de latir bajo tus costillas, el dibujo cursi que te hice en la mano. La punta de iceberg que asomé cerca de tu pulgar con unas pocas palabras.
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