Amos de casa.

Y mientras barría el suelo, tú regabas las flores. Te miré la espalda y tú bajaste la persiana. Más rápida que las gotas de lluvia, sin frío como este invierno helado, primavera como en otoño. Las palabras no alcanzan la altura del piso, pero en silencio me rocé con tus dedos y me dije que no los iba a soltar jamás.