Era un sombrerito loco. Me pilló flaco, pachucho, hambriento, distraído, un poco desorientado en la vida. Y yo lo vi ahí, tirado en el suelo, solitario y ajeno al resto de los viandantes. Era un bombín negro, esos que tienen forma de hongo, semiesférico, con una tira negra que recorría completo su diámetro. Me pareció una joya, como cuando en una o dos ocasiones te encuentras una moneda de mucho valor en la acera, o en el hueco que separa un coche mal aparcado del bordillo. Y no pude resistirme a cogerlo y encasquetármelo en el cráneo, y sonreír y mirar al cielo dando gracias por mi obsequio. Pero era un sombrerito loco, sangre del mismísimo diablo, que bien podría haber estado acompañado de una señal de advertencia. Estaba a dos metros de la puerta de un banco que disponía de discretas cámaras de seguridad, y vaya, me grabaron con el sombrerito puesto andando tranquilamente durante una fracción de tiempo de tres o cuatro segundos. Se me veía borroso, pero mi sombrerito y yo estábamos ahí, perfectamente plasmados. Así que los agentes de la ley no albergaron ningún tipo de duda cuando me detuvieron acusándome de ser el asesino del sombrerito loco. Mal azar el mío, si es que el azar en algún momento puede resultar negativo, en aquellos días estaba en boca de todos un asesino, el asesino del sombrerito lo llamaban, que estaba en busca y captura por haber aniquilado a doce o trece personas de las que se besan en los bancos de los parques. Ay por dios, casi me condenan a la silla eléctrica, creo que me salvó el estar tan delgado que saltaba a la vista que yo no podría matar a nadie. Pero si que pasé unos cuantos años encerrado, quizá toda la vida, ya no me acuerdo, a mí se me hizo eterno el tiempo en la cárcel, y encima siendo inocente. Y me perdí muchas cosas, no pude echar la lotería, olvidé mi profesión, dejé de recibir cartas de mis amigos y visitas de mis familiares. Maldito sombrero, a pesar de todo no me lo pude quitar durante toda mi estancia entre rejas, siempre lo llevaba puesto, hasta dormido. También durante las duchas frías y durante las palizas que me daban por cualquier tipo de arrebato en prisión. La cautividad y la oscuridad vuelve loco a todo el mundo. Menos a mí, porque aún siendo causa del enfado y la rabia siempre pensé que ese sombrerito que siempre mostraba con orgullo significaba todo en mi vida. Y también siempre pensé en ti. Ambos habéis sido mi suerte, mi destino y mi azar, mi latido. Porque el día que lo encontré, y me refiero al sombrerito, me lo puse para verte a ti que habíamos acordado un encuentro, y quería que me vieras guapo, quería verte yo a ti orgullosa por mí. Pero ahora por fin soy libre, y voy a bajar del autobús en cinco minutos, y estoy terminando esta carta, que estoy a punto de entregarte en mano, y estoy muy convencido de que lo entenderás, sobre todo cuando veas que sigo llevando mi sombrerito, que como ya sabrás, está loco.
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