Dos Mil Dieciséis.

Sentado en una silla de jardín blanca, pasa las hojas de un libro que acapara toda su atención. Sus pulgares, pequeños y finos, dejan huellas amarillas de nicotina en cada una de las páginas, como si fuesen el escudo con el que sella todos sus días acabados. En un cenicero, que en realidad es un botellín vacío de Mahou, un cigarrillo desprende su humo fundiéndose con el aire. Él dice que es como el olor del incienso, lo usa para cubrir el aroma a muerte y a enfermedad que le rodea. Por eso cuando se quema los labios con el último, se enciende otro. Él lo llama el bucle de la muerte cocinada a fuego lento. “Prefiero esta muerte consciente que la tuya, mucho más inconsciente. Ambas acaban igual, ordenadas por el azar”. Tiene las piernas extendidas y los pies descalzos encima de un tablero de parchís, que a su vez está apoyado en una mesa camilla probablemente reciclada de la basura. “¿Ves la planta de mis pies? Podrías cortarme con la arista de un diamante que no sentiría nada. Todo callo, como si fuese un etíope que recorre diez kilómetros al día en busca de agua, sin chanclas ni nada de eso”. Yo le pregunto cómo ha podido llegar hasta aquí, sin trabajo estable, sin dinero. “Hace mucho tiempo que ignoré la mierda de competición absurda que tenéis en la capital. Las Olimpiadas se llevan celebrando en Madrid mucho tiempo, no sé por qué os tiráis de los pelos por ser sede olímpica. Todos váis corriendo, pero nadie gana nunca. Todos váis con vuestra pértiga por la calle, pero nadie bate ningún record de altura. Todos adelántais a ocho o nueve coches en cada semáforo que se pone en verde, pero el champán solamente lo abrís en las bodas y por puro compromiso. Como mucho conseguís vuestra ración de felicidad o fama efímera, hasta que llega otro ejecutivo ambicioso y os empuja y os tira al suelo para que beséis la acera. Estudias, trabajas, te compras un coche que dentro de unos meses no anunciarán, formas una familia. Ya tienes tu diploma de 'he hecho lo que tenía que hacer'. ¿Para qué?. Un tipo ebrio puede matar a la persona que más quieres con su bmw. Una colilla en un cubo de basura puede hacer arder tu casa. Tu jefe se puede follar a tu mujer. Tu hija se puede meter por la nariz toda la bóveda celeste. Hace mucho tiempo que me retiré de aquél juego, al principio me sentía un perdedor. Luego incomprendido. Luego me vine aquí, a esta isla, a ver los mejores atardeceres día tras día. Vosotros no tenéis eso porque no tenéis horizonte, todo está rodeado de viviendas y edificios de oficinas. Yo veo el mar cada mañana. Vosotros no tenéis tiempo ni para desayunar, a no ser que sea por negocios. Yo vivo aquí con mi mujer, y bailamos en casa todos esos temas de los Rolling y nos vamos a nuestros bares preferidos con nuestros amigos, y no podemos dejar de hablar y de reírnos yo de tí y tú de mí. Yo produzco para mí, mi cabeza y los míos, y la gente que lo necesita. Hago cosas que me proporcionan lo suficiente para vivir. Vosotros trabajáis para otros vosotros, que a su vez hacen lo mismo. La diferencia es que yo disfruto lo que gano, vosotros solamente lloráis lo que perdéis, como cuando no os dieron las malditas Olimpiadas”.


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